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¿Dónde bailábamos hace un siglo?

Salida de un baile de mascaras de José García Ramos | WIKIMEDIA.ORG

Salida de un baile de mascaras de José García Ramos | WIKIMEDIA.ORG

Poco se baila ya agarrado en la Malasaña moderna y rockera, pero hubo un tiempo en que el baile constituyó el principal motivo de diversión de nuestros mayores. Llegó antes que el cine, la radio y la tele, y antes de que estas novedades le hirieran de muerte avanzado el siglo XX, cualquer rincón fué bueno para agarrar fuerte a la pareja. Vamos a hacer un recorrido por las distintas pistas de baile del barrio entre mediados del XIX y hasta los tiempos de la guerra de la mano de, entre otros testimonios, el libro de Rosario Mariblanca Caneyro Bailar en Madrid. 1833-1950.

El siglo XIX

La muerte de Fernando VII es un buen comienzo para hablar de la alegría. Tras su reinado las prohibiciones relativas a los teatros y festejos se relajaron notablemente, dando vía libre al furor por el baile que ya arreciaba a nuestros vecinos europeos. La cotumbre masiva de bailar anidó en todas las clases por igual, aunque por supuesto, no de igual manera ni con los mismos medios en todas las casas.

Los primeros ritmos que triunfaron vinieron, como casi todo en esos años, de Francia, el rigodón y la gavota, aún bailes en grupo. Más tarde soplaron aires polacos, con la marcial polonesa, la polca o la mazurca, baile en el que la mujeres elegían a su pareja y que fue probablemente el de más éxito en Madrid durante el XIX.

Hacia 1950 se baila por primera vez en Palacio el chotis, estilo importado del norte de Europa que sin embargo caló tan hondo en las clases populares que se ha convertido para siempre en el ritmo del casticismo para el imaginario popular.

En los bailes de las clases altas se bailaba al compás de grandes orquestas, en los bailes del pueblo de orquestillas modestas o de pianos y organillos. El tan madrileño organillo vino de Italia a finales de siglo y dio lugar a un esterotipo de madrileño barriobajero, el organillero, que alquilaba el instrumento para amenizar con su hierático giro de manivela cualquier instante a cambio de una moneda. Pocos hicieron dinero con esta actividad, pero uno de ellos, El Manitas, fue un vecino del barrio que abrió un centro de alquiler de pianos en el número 24 de la calle Monteleón en la década de 1910.

La mayoría de los salones de baile de la época no estaban en el barrio (abundaban más en Alcalá o en la Carrera de San Jerónimo) pero alguno había, como el De la Unión en la Plazuela de los Mostenses 25, en un edificio que entonces se conocía como Conservatorio de la Reina Cristina.

Del siglo XIX son producto típico los Jardines y Parques de Recreo, importados de París y Londres. Los más famosos de la época fueron sin duda los de El Jardín de las Delicias, en Recoletos, pero la gente del barrio tuvo también su versión más cercana. Entre las calles Divino Pastor y Manuela Malasaña estuvieron Los Jardines de Apolo desde 1835. Contaban con una arbolada y setos laberínticos que conferían algo de intimidad a las parejas, y por supuesto el baile era la atracción estrella. La entrada costaba cuatro reales. Estos Jardines eran escenario frecuentado por las clases medias acomodadas, las clases populares tenían que conformarse con llegar a los merenderos de las afueras si querían bailar al aire libre, aunque hubo algún intento de Jardín y Parque de Recreo más popular cerca del barrio, Los Jardines de Minerva, en la actual plaza de Alonso Martínez, que era más modesto y al que se permitía llevar la merienda de casa.

Ante el gran auge del baile en la sociedad madrileña las salas se fueron quedando pequeñas y se empezó a alquilar teatros para celebrar las reuniones, primero en Carnaval y más tarde como parte de la actividad normal del teatro. En la calle Desengaño número 10 esquina con Valverde fueron muy conocidos los bailes del Teatro Lope de Vega, conocido como “Los Basilios” porque estaba en el lugar del convento de Monjes Basilios. Mesonero Romanos cuenta que en la capilla mayor del templo se solían celebrar los bailes de carnaval.

Lo que si abundaron en el barrio fueron las Sociedades de Baile, hijas frívolas de las sociedades ilustradas del XVIII en las que un grupo de vecinos se agrupaban para, con la cuota, pagar los costes del evento. En la calle de la Madera número 8, lugar donde había una academia de baile, se celebraban los bailes de varias de estas sociedades: Terpsícore, La Perla Madrileña, Talía o Marte. En Los Basilios tenían sede otras llamadas La Brillante y La Unión Dramática.

Curioso final tuvo la conocida como La Africana, fundada en 1870. Celebraba sus bailes en la calle de la Madera Baja, en el Teatro Calderón de la Barca, donde estuvo luego la imprenta del País y La Libertad. Su vida fue corta porque estrenó Macarronini I, una obra muy burda que critcaba al rey Amadeo de Saboya. Sus partidarios lo destrozaron y tiraron al pilón de la Puerta del Sol a su autor.

El siglo XX

Los primeros años del XX, hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, se puede decir que pertenecen al siglo anterior a todos los efectos ( “El largo siglo XIX” lo llamó el historiador Hobsbawm). Los bailes siguieron más o menos por los mismos derroteros, con vaivenes menores de la moda como la introducción de las habaneras o el tango, que viviría su auge años después.

Con la explosión de la guerra en Europa en 1914 paradojicamente llegan a Madrid aires de modernidad. La neutralidad española propicia la entrada de dinero y de extranjeros en fuga, algunos de los cuales traen en la maleta nuevas costumbres. A esto se une que el baile tiene por fuerza que competir en espectacularidad con el cinematógrafo, el nuevo divertimento de los madrileños.

A partir de estos años los vientos de la música soplan desde Estados Unidos, de quienes importamos ritmos pegados a una base de jazz ,y se empiezan a ver en Madrid orquestas de negros, que las crónicas de la época entienden como una novedosa artracción. Ritmos como el shimmy, el cake-walk y sobre todo el fox-trot. Ya a finales de los veinte sería el charleston el alocado compás que triunfaría en las noches madrileñas.

El tango, que ya había asomado su peculiar silueta a finales del XIX, se populariza en la ciudad. La música argentina llega a España vía París, y de allí copiamos también la peculiar costumbre de hacer un espectáculo de tango bailado por bailarines profesionales (a veces sólo chicas) en el que se acentuaba lo más posible el erotismo del baile. Aquí lo llamamos Souper-Tango. En el barrio se pudo bailar en un cabaré del número 3 de la Plaza de Bilbao llamado Ideal Room, en el mismo sitio donde estuvo el Teatro Benavente y que luego se llamó Parisiana. El Souper-Tango fue fin de fiesta a las 3.30 de la madrugada hasta que cerró sus puertas en 1932.

Muchos fueron los cabarés que abrieron en Madrid a partir de 1914. En ellos se bebía champagne en la mesa o en la barra, era obligatorio el smoking y se disfrutaba de la orquesta y de la compañía de las cabareteras hasta la madrugada. No era, como se puede imaginar, un divertimento al alcance de las clases populares, por lo que comenzó a hacerse costumbre la aparición de salas de baile en los bajos de los cines en los años treinta. Tal es el caso del Barceló Dancing Palace, desde 1931 en los bajos del cine Barceló.

A pesar de que la modernidad, con sus mujeres descorsetadas peinadas lo garçon, había llegado a Madrid, los bailes populares y las Sociedades de Baile, con sus usos más castizos, siguieron siendo moneda corriente en la primera parte del siglo XX. Locales modestos y casas de alquiler de pianos y organillos siguieron siendo el lugar donde iban a ligar modistas, obreros, criadas, soldadesca, artesanos o estudiantes.

En el número 2 de Noviciado, con puerta en la calle del Norte, estuvo Del norte, local bajo de grandes ventanales donde celebraba sus bailes la Sociedad de Baile La Unión y el Comercio hasta 1907. En los números 9 y 11 de esta misma calle estuvo La Gruta, que pervivió luego en forma de cabaré y de billares hasta 1936.

Muy conocido fue en tiempo Panaderos, que se llamaba en realidad Dancing Ideal, y que ocupaba los números 8 y 10 de la calle Andrés borrego. Hay allí hoy otro local donde se baila de manera bien distinta, el Destino Gran Vía. Durante un breve periodo de los años veinte fue e l Cabaré El As, que hizo que en un mismo espacio alternara lo castizo y la compañía de varietés Folies Bergeres.

Entre los centros de alquiler de pianos y organillos donde se celebraban bailes populares en el barrio encontramos los de la calle Palma 16, el Centro de Pianos de la calle Pozas a principios de siglo, o la fábrica de pianos Montano, que como vismos en el artículo sobre la calle San Bernardino, aún conserva en la tienda de muebles Rustika las taquillas que se usaban en los salones.

Luego llegó la guerra y se acabaron las ganas de bailar…al menos por el momento. Dice Díaz Plaja en Los madrileños del siglo XX que “la postguerra trae un nuevo nombre del local para bailar. Se llama boite y se distingue de los de antes en que la luz es muy baja y la música muy alta”. Pero ese es otro cantar.

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