primer periódico hiperlocal en España | año VII | 3 de diciembre de 2016
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Antonio Grilo: un relato de libros, crímenes y sueños


Entre la calle de San Bernardo y la plaza de los Mostenses transcurre Antonio Grilo, históricamente conocida como de las Beatas. Como recuerdo, la callecita que sale de ella sigue conservando el apelativo de Travesía de las Beatas. Las beatas del nombre fueron las del beaterio o convento de Santa Catalina de Sena, situado en la antigua plaza de los Mostenses antes que el hoy también desaparecido convento de los Premostenses.

El nombre actual (se llama así desde finales del XIX) se debe a Antonio Fernández Grilo, un poeta menor que probablemente obtuvo más éxito social que literario. Llamó la atención por haber escrito una Oda al mar sin haberlo visto nunca, se ganó la vida (como era habitual en el Madrid de la Restauración) en las redacciones de los periódicos e, incluso, se convirtió en el poeta de cabecera de Alfonso XII. Otro escritor, que no ha dejado impronta en placa alguna y que, sin embargo, sí habitó la calle, fue Ciro Bayo. Baroja dijo del bohemio que “don Ciro tenía un guardillita, donde habitaba, en la calle de Antonio Grilo, en Madrid. Esta guardillita misteriosa, en la cual no dejaba entrar a nadie, le costaba tres duros al mes. Don Ciro tenía una asistenta vieja para limpiar su rincón. La asistenta, que vivía en la vecindad por entonces, se quedó sin casa; don Ciro le buscó un piso. Éste le costaba 10 duros y los pagaba él. Así, el señor tenía una guardillita de tres duros y la criada un piso de diez “.

Seguramente por lo que más conocida fue en tiempos la calle de las Beatas fue porque en su esquina con San Bernardo estaba desde la Edad Media el Hospital de Convalecientes, que fue el primero de su género que hubo en toda España. Los sacerdotes de la hermandad de Santa Ana que lo regentaban visitaban cárceles y hospitales en busca de gentes que aún necesitaran, una vez curadas, un tiempo de convalecencia. En 1587 Felipe II ordenó que en Madrid sólo hubiera dos hospitales, uno para hombres y otro para mujeres, y pronto el edificio se convirtió en el convento de Santa Ana, conocido también como de San Bernardo (eran monjes bernardos cistercienses). El convento estuvo en pie hasta 1846.

Senda de crímenes

Existe una tradición poco gratificante en la calle de Antonio Grilo que, sin duda, proviene de la casualidad: la del crimen. El escenario de más asesinatos ha sido el número 3 de la calle, donde se han cometido 8 asesinatos desde 1945. El más sonado de ellos sucedió el primero de mayo de 1963, cuando un sastre mató a su mujer y a sus cinco hijos antes de pegarse un tiro.

Curiosamente ya en 1776, cuando se llamaba de las Beatas, la calle tenía ya su propio crimen (conocido precisamente como el crimen de la calle de las Beatas). Un hombre apareció apuñalado en la vía y para hacer las averiguaciones pertinentes hubo de seguir el rastro de sangre, que llevó hasta dos templos cercanos, la parroquia de San Sebastián y la Iglesia de San Luis. En aquella época era muy frecuente que los malhechores buscaran refugio “a sagrado”, por lo que los guardias fueron a revisar ambos templos. Tras interrogar a varias personas en San Sebastián algunos confirmaron la actitud extraña de un hombre “vestido de sacerdote”. Como quiera que la Iglesia tenía entonces prebendas de las que hoy carece, se hubo de pedir permiso a las autoridades eclesiásticas para poder entrar en la parroquia. Hechas las pesquisas pertinentes se llegó a la conclusión de que el cura, que daba misa en San Martín, se había enamorado de una muchacha que le remendaba la sotana y que vivía en la calle, hasta el punto de ir a rondarla de noche. El hombre muerto fue un vecino, hortelano de profesión, que un par de semanas antes había recriminado en público al cura su actitud. El caso tuvo cierta importancia porque se trató de la primera vez en que un cura fue juzgado en Madrid por la justicia ordinaria. De común, la Iglesia enviaba a los sacerdotes a otra parroquia y dejaba olvidar el asunto. Aún así el cura, que fue condenado a muerte, recibió finalmente el perdón de Carlos III.

No sabemos que tendrá la calle, pero andando los años también se vio por allí a Jarabo, uno de los asesinos más célebres de nuestro Madrid de El Caso. El célebre psicópata fue visto en un bar de San Bernado con Antonio Grilo, la cafetería Nápoli, bebiendo cerveza con coñac, posiblemente la noche de su famoso asesinato.

Senda de libros

Sin ningún letrero que la identifique, aunque con un sospechoso aspecto institucional, encontramos en el número 10 de la calle la Fundación Largo Caballero, que entre otras cosas contiene una magnífica biblioteca poco conocida entre los vecinos. La biblioteca está especializada en movimiento obrero, sindicalismo, historia contemporánea y relaciones laborales. Seguramente sus fondos más valiosos son los de la Casa del Pueblo (1908-1939), que fue incautada y dispersada tras la Guerra Civil. Allí, por ejemplo, se puede encontrar una primera edición de El Capital.

De mucha más actualidad aunque también con solera son los libros de la librería Fuentetaja, que ocupa un buen trecho de la calle y tiene entrada por la misma.

Solar para construir ideas

Solar de Antonio Grilo | L.C.

Existe a mitad de la calle, frente al número tres (la casa de los crímenes) un curioso paisaje que llama la atención tras una verja. Se trata de El Solar. De momento, allí hay un huerto, aunque se pretende que el solar vaya ocupando cada vez más una porción del yermo panorama dotacional del barrio, para lo que varios colectivos sociales de la zona están preparando un proyecto para el que se solicitará al Ayuntamiento, propietario del terreno, la cesión temporal del espacio.

Antes de un solar allí hubo una casa ruinosa de curioso aspecto, pues toda su fachada y balcones estaban ocupados por una gigantesca parra de más de medio siglo que le confería al inmueble aspecto de casa encantada. El edificio fue demolido en 2005 y las promesas de un ambulatorio, que en un momento dado sobrevolaron el solar se esfumaron, como tantas veces lo hacen las palabras de los políticos que, en última estancia planean edificar -vaya usted a saber cuándo- un centro cultural. Mientras se espera un desenlace definitivo para el número 8 de Antonio Grilo, la ciudadanía se ha reapropiado del terreno y un huerto se ha hecho paso por donde en su día lo hiciera el tronco leñoso de la parra.

Hay por lo demás en Antonio Grilo una whiskeria, algunos restaurantes de distintas nacionalidades y un locutorio. ¿No son ya muchas cosas para una calle tan pequeña?

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