primer periódico hiperlocal en España | año VII | 7 de diciembre de 2016
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Calle de la Luna, zona palaciega venida a menos

Entre Desengaño y San Bernardo, Luna pasea su poético nombre, que le presta popularmente a la plaza de María Soledad Torres Acosta, a la que cierra en uno de sus lados, el de los famosos cines Luna.

La tradición habla de un suceso en tiempos de Isabel la Católica que explica el origen del nombre. Antes de que la calle estuviera urbanizada tenían por allí sendos palacios con torre los nobles don Álvaro de Córdoba y don Francisco de Crispi (este cerca de lo que hoy sería Callao), que enemistados comenzaron a guerrear. Cuando cayó la noche ambos tuvieron que esperar a que saliera la luna para continuar la batalla, lo que aprovechó don Álvaro para salir vitorioso.

Posteriormente la reina Católica hizo derribar las torres pero el nombre de la luna permaneció en el lugar donde había estado la torre de don Álvaro con una luna esculpida en piedra. Hay distintas versiones de la historia, algunas colocan la luna en una casa posterior, pero el hecho es que este suceso esculpido se tiene por inicio del nombre.

Senda de palacios descarriados

Los interiores abandonados del palacio de Villanueva | L.C.

El origen palaciego del nombre no es casual, existieron y existen buenos ejemplos de residencias nobles en la calle. En el número 19 , dentro de un gran almacén de maderas nos recibe don Amadeo, que nació en el viejo caserón, como antes su madre, hace 88 años. En el interior del edificio, en el que hoy hay cuatro viviendas, tiene colgada una reproducción del plano de Texeira en el que nos cuenta orgulloso don Amadeo ya sale la casa. Nos explica que el edificio fue en tiempos una parte anexa al palacio de los duques de la Conquista, que estuvo en San Bernardo y que ocupaba toda la manzana entre las calles de la Luna y la calle de la Estrella. Antes de ser residencia de los duques de la Conquista a principios del XX el palacio era conocido como del duque de Lerma, y allí vivió su favorito Rodrigo Calderón, el popular marqués de las Siete Iglesias que fue ejecutado en la Plaza Mayor en 1621 acusado de asesinato y brujería.

Detalle interior del antiguo caserón del número 19 | L.C.

Don Amadeo nos refiere que en toda la zona siempre hubo “muchos palacios, algunos que ya no están como el de Monistrol, otros que ahora son ministerios como el de Justicia, y otros en un estado lamentable como el de en frente”.

El palacete al que se refiere Don Amadeo es el Palacio de la Infanta Carlota, gran edificio de Juan de Villanueva (el del Museo del Prado). En 2005 el inmueble fue expropiado por el Ayuntamiento con la intención de dedicarlo a fines públicos, pero cualquiera que pase hoy por su puerta (y entre a curiosear) puede comprobar la triste realidad de lo que queda de los frescos pompeyanos de sus techos y la mugre sobre lo que se intuye debió ser un lugar de gran lujo.

Palacio de Talara y Miranda | L.C.

A la altura del número 15 de la calle, junto a la comisaría,  luce de blanco impoluto un gran palacio neoclásico. Viéndolo hoy orgulloso con su escudo de armas y sus magníficos enrejados a uno le cuesta imaginar que a punto estuviera de desaparecer para siempre a finales de los setenta. Debemos situarnos en un Madrid en el que las casas se dejaban morir por abandono para a continuación declarar con mano firme un expediente de ruina y demolición que se presentaba como inevitable. La del palacio de Talara y Miranda – así se llama el inmueble – prácticamente se llevó a cabo, se inició en 1976, se paralizó, y se reanudó en 1978 de manera ilegal, para volver a ser frenada tras una fuerte polémica en la calle y en la prensa. Finalmente se aprobó un plan que dio como resultado el actual edificio rehabilitado. Hacia 1984 se anunciaban en los periódicos los nuevos pisos con “interesantísimas condiciones para inversionistas”.

En la calle hubo aún otro gran palacio hoy desaparecido con la construcción de la Plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, el Palacio de Monistrol, donde se fundó el Banco de San Carlos (antecedente del Banco de España)  en 1782. En sus bajos estuvo el Teatro Buenavista desde 1837, y allí hubo una conocida sede de CNT durante los años de la guerra.


Viñetas y chocolate.

Una de las tiendas de cómics de la calle | L.C.

Luna y las calles de alrededor han sido por años los pasillos de una mansión donde los amantes de la fantasía, la ciencia ficción y el mundo del cómic encuentran habitaciones mágicas. Son las tiendas de cómics y fantasía que pueblan la zona. En Luna encontramos las dos tiendas de Metrópolis (la del 24 fue antes Framauro), Atlántica Juegos, en el alero de Luna, donde es fácil encontrar a sus asiduos secando la pintura de sus figuras al sol de la plaza…y el escaparate en venta de Crisis, la pionera del barrio (llevan desde 1988), que luce el letrero de liquidación.

Existen también en la calle unos cuantos bares, algún establecimiento de arte moderno y un puñado de comercios de sabor añejo, como la Farmacia Cardona, de 1928. Pero uno de los establecimientos más tradicionales de la calle ya no puede verse en la misma sino curiosamente en un museo: la fábrica de chocolates El Indio.

Interior de la chocolatería antes de viajar al museo | http://museodeltraje.mcu.es/

El establecimiento cerró en 1994, casi 150 años después de que fuera abierta por los hermanos Vela, pero pasó a formar parte de la colección del Museo Nacional de Antropología (hoy del Traje). En el establecimiento se fabricaba chocolate y se molía café, aunque a lo largo del siglo XX fue ampliando su oferta con fiambres y todo tipo de confitería. Su fama fue tal que entre sus clientes estuvieron además de los vecinos de la barriada, la Chocolatería San Ginés y el palacio de El Pardo. Hoy, para ir al establecimiento más clásico de la calle, antaño en la esquina con San Roque, tenemos que ir a un museo.

La calle de la Luna lleva una vida de noble venido a menos. Da pena que el reconocimiento de la calle, sin duda una de las más conocidas de la ciudad, tenga más que ver con una mala fama que seguramente hoy ya no merece que con su historia y los méritos de un caserío que podría volver a lucir con la nobleza que un día tuvo.

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