primer periódico hiperlocal en España | año VII | 7 de diciembre de 2016
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Calle de la Madera: de oficios y bohemia

Entre la calle de la Luna y la de Espíritu Santo transcurre la calle de la Madera: Madera Baja hasta Pez y Madera Alta a partir de entonces. El nombre de la calle se debe a que antiguamente había allí algunos corrales donde se almacenaba la madera traída de Valsaín y otros lugares.

La calle de los oficios.

José María Navarro|L.C.

Si es bonito encontrar en el callejero madrileño una vía que no le debe el nombre a ninguna personalidad de relumbrón sino a un oficio, más bonito es comprobar que en pleno siglo XXI los oficios y los comercios de toda la vida siguen resistiendo en ella ante la apisonadora de la modernidad. Incluso la madera sigue presente en Madera Alta: en el número 20 hay una casa de tableros y aglomerados, en el número 31 también, y en el 43 una carpintería.

Hubo un tiempo en el que la calle de la madera además de a serrín olía a pan recién hecho, en los años cincuenta la fábrica de pan que había en el número 36 de la calle empezó a cambiar los hornos romanos por máquinas automáticas, diez años después de su muelle de carga salían tres cuartas partes del pan que se consumía en Madrid. Pero fueron y son muy diversas las pequeñas industrias de la calle de la Madera. En REFISA inventaban en los años cuarenta un sistema para hacer carnés que a la altura de 1944, momento en el que Franco planeaba imponer el DNI como manera de control de los Españoles, pugnaba por ser la fábrica de los carnés de identidad de España. En ese momento ya utilizaban su Nuevo Sistema de Identidad Fotográfica para hacer otros carnés de varios ministerios o de la RENFE.

En el número 51 de Madera, cerca ya de Espíritu Santo, sobrevive el taller de un broncista niquelador, José María Navarro, representante de la cuarta generación de broncistas. El taller está abierto desde 1875 y cuando se le pregunta por los secretos del barrio nos cuenta que “por debajo de la calle de la Madera hay otra calle que hacía que se hundiera el pavimento cada cinco años”, en referencia a galerías presentes en muchas de las historias de cortesanos y monjas que a propósito del convento de San Plácido pueblan el folclore histórico de la calle.

La vieja guillotina del vecino encuadernaciones Frisa lleva también muchos años en funcionamiento, al menos desde 1917 según nos cuenta Conchita, esposa del continuador de la tradición familiar. El establecimiento sólo estuvo cerrado durante la guerra.

Al menos desde principios del siglo XX tenemos noticia de que hubo una taberna junto a la calle de El Escorial, donde desde 1921 está Casa Julio. La vieja taberna de Maite Gil y su hijo Luis ha sido recientemente reformada sin perder su sabor añejo, y sigue ofreciendo a la juventud, que ha tomado el bar, botellines fríos y unas de las mejores croquetas de Madrid. El encanto del lugar ha atrapado a visitantes tan ilustres como José Saramago o los U2, que penden como recuerdos de las paredes del bar.

La calle de la Bohemia

La guillotina tiene casi un siglo |L.C.

Las distintas bohemias literarias han poblado la calle de la Madera empezando por la que llevó el apellido originariamente. Por la calle se vieron las célebres barbas de Valle-Inclán, que frecuentaba un círculo carlista que había en la calle, en la que se le solía ver discutiendo animadamente con Vázquez de Mella y otros personajes tradicionalistas del momento. Había una pensión en la calle que recogía a muchos de estos escritores callejeros, la Pensión de Hans de Islandia, asturiano a quien sus huéspedes apodaron así en honor a un personaje de Víctor Hugo. En su pensión de mala muerte colgaba un cartel que rezaba “Casa económica para pernocatar. No se fia ni a Dios”. Y si dormía por aquí la bohemia madrileña también ocupaba sus horas en editar revistas, como la modernista Los dominicales del libre pensamiento, que tenía sede en el segundo piso del número 51, justo encima de nuestro broncista niquelador.

También durante los duros años de la guerra civil sirvió Madera como habitat de escritores apegados a la calle. En sus memorias Camilo José Cela cuenta una truculenta historia que le tocó vivir en la calle. Corrían los primeros meses de la guerra y bajaba el joven Cela por la calle a la altura del quince donde –cuenta – había un célebre prostíbulo. A su encuentro venía por el otro lado de la calle Tosía Vargas, su novia, cuando un obús la alcanzó destrozándola. Cela corrió hacia ella y guardó uno de sus ojos como recuerdo, teniéndolo un tiempo en formol en su cocina. En su recuerdo escribió un poema titulado T.V.

Andando los años, recién acabado el franquismo, serían otros escritores los que recogerían el testigo de estos escritores ávidos de experiencias. Cuanta Sánchez Dragó como cambió su vida con la publicación de su libro La España mágica: “Mi camisa, hasta entonces, había sido la del hombre feliz: sin bienes raíces (excepto la guardillita de la calle de la Madera en la que tantas cosas sucedieron, tantos polvos eché y echaron otros, y tanta gente vivaqueó), sin un duro y sin enemigos.

Se ve que la calle ha servido de abono para muchas imaginaciones de Quevedo – que vivió en en el 26 de la calle – a esta parte.

Calle de periodistas

Hubo un tiempo en que bohemia y periodismo pudieron confundirse, y una calle “tan calle” como la de la Madera no podía por menos que ser lugar de periodistas. En la calle estuvo el periódico tradicionalista El Correo Español y también el diario republicano El País, desde cuyo balcón Lerroux hizo algún discurso sonado en la primera década del XX. El edificio se rehizo para albergar más tarde al diario La Libertad y por último el Informaciones. Además de la prensa generalista otros periodistas han poblado la calle de la Madera a lo largo de los años, como los responsables de la mencionada revista modernista o los del Aparato de Propaganda del Movimiento Comunista de España, que fue desarticulado en abril de 1975 en el número 27 de la calle.

Un solar muy especial

Hay un solar en la calle de la Madera que contiene más historia (e historias) que muchos barrios enteros. Se trata del que ocupó los números 8 y 10 de la calle, con fachada también a San Roque y contigua al Monasterio de San Plácido. Sus inicios hay que buscarlos en la casa de Jerónimo de Barrionuevo, caballero de la corte de Felipe IV que allí vivía, y por cuya casa pasaban a menudo hombres notables como el propio monarca o el Conde Duque de Olivares. Se dice que de su casa partían túneles al convento y que por ellos iba a ver el rey a la novicia Margarita, de la que estaba enamorado. Pero esa, como otras muchas, es otra historia.

A finales del siglo XIX en el lugar de la casa estaba el Teatro Calderón de la Barca, allí se reunían algunas sociedades de baile del barrio, y allí se representó una sátira de Amadeo de Saboya titulada Macarroni I, que llamó la atención de la tristemente célebre Partida de la Porra, una especie de agrupación parapolicial que aplicaba jarabe de palo a todo lo que oliera a republicanismo. Este fue el final del teatro.

Después de teatro le tocó al inmueble ser capilla evangélica y después la redacción del diario republicano El País, del que ya hemos hablado, como luego de La Libertad e Informaciones. Siendo ya cascarón vacío del Informaciones – el edificio llevaba ya tiempo abandonado – fue el edificio que entonces ocupaba el solar protagonista de una okupación muy sonada en los ochenta a pesar de su brevedad. Cincuenta jóvenes okuparon el edificio para reivindicar la escasez de espacios en el barrio pero hubieron de salir de allí antes de 24 horas. Los jóvenes utilizaron como sitio de reunión el local del PC Marx-Madera, que aún funciona en la calle. En la actualidad en el lugar está el Instituto para la diversificación y ahorro de la energía. Mucho más aburrido, sin duda.

Como se puede ver la calle de la Madera, en sus tramos alto y bajo, ha sido escenario de tantas vidas que sería imposible acabar el artículo si no dejáramos fuera materia para otro: en frente de donde tiene sus oficinas unos de los grupos de teatro más conocido del momento vivió Boccherini; allí tuvo sede por breve espacio de tiempo el Círculo de Bellas Artes, como también el Hospital de mujeres incurables, allí vivió Cánovas del Castillo una temporada…Como se puede ver, la calle contiene tantas vidas que se hace inabarcable por el alfabeto.

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