primer periódico hiperlocal en España | año VII | 11 de diciembre de 2016
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La Palma: cultura y vermú

Desde Fuencarral hasta Amaniel, cruzando muchas calles, la calle de la Palma avanza dejando a su paso demasiadas inquietudes como para caber fácilmente en un artículo. El nombre, que conserva desde el siglo XVII, es el recuerdo de un bosque anterior a la urbanización de la zona llamado Arroyo de las Palmas, un nombre que evoca el carácter de calle que fluye, de calle larga y viva.

Calle del Rock y las artes

Muchos años sonando La Chica de Ayer para cerrar | L.C.

Si antaño en la calle, según cuenta Eugenio Larruga en sus memorias, estuvo ocupada mayoritariamente por telares, hoy la calle de la Palma, es calle de rock, letras y artes. Nada más entrar por Fuencarral en frente de los muros del Tribunal de Cuentas, está el mítico Penta, que quedará inmortalizado para siempre en un verso de La Chica de Ayer. Pero no es Penta el único bar de copas, de entre los muchos que jalonan la Palma, tras cuyas puertas se lleva escuchando buena música muchos años, el Rey Lagarto, el Louie-Louie o el Café de la Palma no le van a la zaga. Entre todos tatúan en la Palma las distintas modas de la música pop desde la Movida a esta parte.

Pero la música también vive en tiendas de la calle, como Ziggy o Comercial Records, en la Escuela de Música Creativa y hasta en los estudios de tatuaje, como los libros viven en Arrebato, La Clandestina o en Graphic Book; el arte de vanguardia en la galería Espacio Menos 1, el teatro en el número 18 y los afiches más insospechados en Gilda, la diminuta y encantadora tienda de coleccionismo cinematográfico que regenta Alfredo.

La calle de la Palma es una calle llena de vida y movimiento, con paisajes humanos distintos según el día y la hora, que van desde los turistas de la marcha los fines de semana a la noche, a los vecinos comprando en las viejas tiendas de comestibles como Alimentación Nieto o Joaquín Relloso, de las señoras que acuden a las clases del Centro Cultural Clara del Rey a la muchachada alegre de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, cuyos orígenes se remontan al XIX y donde, por ejemplo, estudió Rosa Chacel.

La Iglesia de las Maravillas.

Iglesia de las Maravillas | L.C.

Entre tanta referencia de cultura contemporánea el caminante se encuentra al llegar a la calle del Dos de Mayo con la Iglesia de San Justo y San Pastor, más conocida por la gente de Malasaña como la Iglesia de las Maravillas. Se dice que la mandó construir Felipe IV en agradecimiento a la Virgen de las Maravillas por no haber salido malogrado de un altercado en la calle del Espíritu Santo. Poco se sabe por lo demás del autor y la fecha exacta en que se erigió el templo, que era la iglesia del desparecido convento de Carmelitas.

Pero ¿cuál es el origen de la Virgen de las Maravillas? Se cuenta que en siglo XVII ya se rendía culto a la conocida imagen en la iglesia de Rodesvieja (Salamanca), donde se la sustituyó por otra imagen más nueva, por lo que un vecino de la localidad la llevó a su casa. A la muerte de este fiel su hijo se trasladó a Madrid llevándola consigo, pero tuvo que dejarla en empeño para poder pagar el impuesto de alcabala. La imagen, que nunca fue reclamada por su dueño, llegó a manos de Ana del Carpio, exposa del escultor Francisco de Albornoz, que la restauró. Este por cierto es el momento en el que adopta el sobrenombre de “de las Maravillas” ya que se cuenta que Ana del Carpio soñó que la virgen le pedía asilo en su casa mostrándole una flor amarilla, una “maravilla”. La dama donó la imagen al convento de Carmelitas en 1627 tras haber echado a suertes cual sería el monasterio agraciado.

Cuando durante la revolución de 1869 las monjas fueron expulsadas del convento se llevaron la imagen con ellas, primero al vecino Convento de Don Juan de Alarcón, donde las acogieron, y a principios del siglo XX al nuevo convento de las Maravillas, que se construyó en la calle Príncipe de Vergara. Durante la Guerra Civil se destruyó la imagen, de la que sólo se salvó el Niño Jesús que sostenía la Virgen, pero en el monasterio de Príncipe de Vergara se puede ver una réplica.

Más allá de San Bernardo, la misma calle pero distinta gente

Pepe y Oscar en El Maño | L.C.

Si la primera parte de la calle es el rock and roll, la zona más cercana a Conde Duque es el bullicio tranquilo a la hora del vermú. Nos reunimos en Bodegas El Maño con la parroquia del bar precisamente a esta hora. El Maño es una de las tabernas que más tiempo lleva abierta la calle de la Palma, desde 1927. Marisol, que regenta el histórico establecimiento desde hace casi dieciséis años, nos relata los vaivenes de El Maño en el tiempo, superviviente del pequeño imperio tabernero que el personaje –el maño en cuestión– formó tras abrir la primera de ellas en Jesús del Valle (la actual taberna La Copla).

“Llegó a haber hasta nueve, pero siempre fue como una especie de franquicia, la condición era que todas las tabernas El Maño vendieran el vino que él traía desde Aragón”. Aún hoy se puede ver en la entrada de la taberna la rejilla por donde los camiones servían con goma el vino a las grandes tinajas de la bodega.

Cuando Marisol se hizo cargo de El Maño el barrio salía de una mala época de droga y desarraigo, ahora de nuevo “la calle está descuidada por el ayuntamiento, muy sucia y falta de arreglos”, se queja Pepe, cliente asiduo de El Maño.

En este tramo de la Palma, sobreviven algunos otros bares de tiempo: Bodegas Rivas, donde llevan sirviendo vinos desde 1923; La Palmera, justo al lado y el bar de Jose, cuyo padre trabajó en El Maño. Otros negocios de la zona han desaparecido, bien por jubilación de sus dueños, como Casa Manolo, la carnicería del barrio que llevaba abierta desde tiempos de la guerra, el antiguo estanco, o los comestibles de Goyo. Pronto serán un fantasma junto a otros comercios que ya sólo perduran en la memoria de algunos vecinos, y sólo con suerte sus fachadas históricas se conservarán con otro letrero. Es lo que sucedió con la imprenta, Confecciones Carmencita, la tahona que ocupaba el Café de la Palma o la diminuta tienda de cómics junto a La Palmera –acaso antecedente del hoy cercano Otaku Center– en la que se cambiaban viejas historietas por diez céntimos.

En la calle de la Palma se amontona el transcurrir de muchas generaciones, la larga vía es ante todo una sucesión de lugares donde ir a por Rock and Roll, a por cultura, a por conversación…

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