primer periódico hiperlocal en España | año VII | 8 de diciembre de 2016
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Calle del Barco, camino de contrastes

De la Plaza de San Ildefonso a Desengaño, la calle del Barco nos lleva de uno de los corazones de Malasaña a la puerta de atrás de la Gran Vía

El nombre

El de esta calle parece uno de esos nombres impersonales -y casi elegidos al azar- de las modernas barriadas. Sin embargo, tiene detrás de su origen la opinión caprichosa de una aristócrata, la condesa de Miraflores que, al parecer, comentó viendo las obras del convento de Mercedarias Descalzas que allí hay que la calle, por su orografía cóncava, tenía forma de barco. Antes de Barco se llamó de Don Juan de Alarcón, que es, por cierto, como se conoce el mentado convento. Con ese nombre aparece al menos en el plano de Texeira en 1556.

La calle antes…

Taller Céspedes |L.C.

Taller Céspedes |L.C.

Del convento de Nuestra Señora de la Concepción, conocido como decíamos como de Don Juan de Alarcón, le toca a Barco una porción. Las otras se la llevan Puebla y Valverde. Se trata de un establecimiento de Mercedarias Descalzas fundado en 1609 por el sacerdote Juan Pacheco de Alarcón, albacea de la condesa de Miraflores, un buen ejemplo de barroco a la madrileña donde cada 17 de abril exponen el cuerpo incorrupto de la beata Mariana de Jesús, conocida entre otras cosas porque para evitar que sus padres la casaran con un joven pudiente y poder dedicarle así su vida a Dios decidió desfigurarse el rostro cortándose las comisuras de los labios y arrancarse el pelo.

De la memoria de la segunda mitad del siglo XX sabe mucho el lamparero de la calle. Detrás del mostrador de su diminuta tienda, que lleva desde 1942 abarrotada de antiguas lámparas, comparte con nosotros sus recuerdos. La zona, especialmente la calle Puebla, siempre ha sido lugar de lampareros, y aunque la mayoría han ido jubilándose aún quedan un par en esa calle y las dos tiendas de la familia Céspedes en Barco.

Cuenta que cada vez quedan menos comercios de los de toda la vida, recuerda cómo en el número 24 había una fábrica de porcelanas que tuvo que emigrar fuera de la ciudad cuando prohibieron los hornos en el perímetro urbano, recuerda también que en el lugar donde ahora hay un misterioso sex- shop hubo en tiempos una sillería, y que en el número 30 había una comisaría en guerra.

Seguramente la anécdota más bonita es que en el 35 de Valverde estaban los estudios Columbia y al restaurante Rómulo y Remo, que ocupaba el local donde actualmente está la sala Bar and Co, iban a comer un montón de artistas que los vecinos miraban con admiración. Entre ellos, Sofía Loren.

Y la calle ahora…

Una bonita fachada |L.C.

Una bonita fachada |L.C.

La fisionomía de la calle es delgada, larga y ciertamente recuerda a un navío. Se trata de una vía de contrastes, a la que la vista tiene que visitar por parcelas: se puede encontrar una curiosa casa que recuerda al neomudéjar madrileño junto a un solar dejado de la mano de Dios y negocios nada glamourosos, como una tienda de saneamientos, junto a tiendas de ropa exclusiva.

Dependiendo también de a qué altura uno fije la mirada se tendrá una percepción u otra de la vía: a la altura de los pies, el perpetuo basurero alrededor de los contenedores de reciclaje cerca de la plaza; ojos arriba, algunos balcones realmente engalanados y mucha gente asomada a ellos en pose cotidiana, que hace sentir que Madrid es un pueblo en las alturas.

En Barco conviven señoras del barrio de toda la vida que vienen de comprar el pan con jóvenes artistas que van por libre. En un sótano -en el número 52- que pasaría desapercibido si no fuera por la primorosa decoración de su exterior están los chicos de Confusion Group, un grupo de artistas multidisciplinares.

Zona vigilada | L.C.

Zona vigilada | L.C.

Muchos son también los viandantes que se paran curiosos ante la cristalera del número 37 de la calle, un ventanal que deja ver un bonito jardín interior en un antiguo local que aún conserva el cartel de cuando era una panadería. Se trata del jardín indiano, la entrada a un espacio curioso donde los miembros de la cooperativa Sociedad de las Indias Electrónicas llevan a cabo sus tareas diarias como consultores de innovación, montan una biblioteca e invitan a los vecinos a utilizar su jardín. A su lado hay un espectacular grafiti desde hace cinco meses y de cuya elaboración fuimos testigos privilegiados.

La calle tiene un montón de comercios más, algunos con un aura casera, como un vídeo club de barrio o un restaurante ecuatoriano, otros con un cuidado diseño como Ojo Loco, una peculiar tienda de camisetas donde organizan exposiciones y puede pasar de todo, o ConSentido, un lugar indescriptible que se autodefine como “espacio social de erotismo”.

En los últimos tiempos el destino de esta vía también parece unido a la asociación de comerciantes Triball, que se ha propuesto convertir el triángulo de Ballesta, Barco y Desengaño en el Soho madrileño. Para ello compraron muchos locales y dan facilidades para instalarse en el barrio a negocios de gente joven y moderna. Muchos ven en esta acción una operación de especulación inmobiliaria de un grupo muy bien relacionado con el ayuntamiento que lo único que pretende es revalorizar sus propiedades a la manera de lo sucedido en la vecina calle Fuencarral, otros creen que todo lo que sea revitalizar el barrio está bien.

Un comerciante que lleva mucho tiempo instalado en la calle, y que prefiere mantenerse en el anonimato, afirma que Triball “es un grupo especulativo que quiere joder el barrio, echarnos a nosotros y engañar a sus propios asociados”. Sobre el tema, hay opiniones para todo.

Barco se encuentra inmersa en unas cuantas peleas internas por redefinir su identidad, varios debates la rodean: el citado ya de Triball, el difícil partido que juegan tradición y modernidad, y, aunque sea de refilón, el de la prostitución.

En cualquier caso, es una calle que de nuevo está en el mapa de Madrid.

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