primer periódico hiperlocal en España | año VII | 5 de diciembre de 2016
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Marqués de Leganés: con fantasmas y crápulas

La poco transitada calle del Marqués de Leganés | L.C.

De San Bernardo a la calle de los Libreros, a espaldas de la Gran Vía, transcurre la calle Marqués de Leganés, vía un tanto olvidada pese a su privilegiada situación y lo aristocrático del nombre. El marqués en cuestión fue Diego Mejía Felipez de Guzmán, que ganó su fama por su intervención en las campañas de Italia y Flandes, donde fue gobernador en el siglo XVII.

 

La calle se llamó anteriormente de la Cueva y tiene su propia página en el libro de las leyendas madrileñas. La historia, como otras de las que hemos hablado aquí antes, tiene su origen en las huertas de Peralta. Había, según se decía, una mina en la calle que fue tapiada para evitar robos. En ella se escuchaban frecuentemente gritos por las noches, corriéndose la voz de que un ánima moraba en la cueva. Paralelamente, había resultado muerto cerca del portillo de Santo Domingo don Gonzalo Pico, comendador de la orden de Alcántara, a quien dos hombres habían salido al paso escondidos tras sus capas. Pico fue enterrado en la capilla Mayor del convento de Santa Ana, entonces en San Bernardo. Dicen que los criados de Peralta habían visto atravesar los huertos a un espectro blanco con el aspecto de Gonzalo Pico. Lo mismo aseguraba un monje del monasterio de Santa Ana, que aseguró haberlo visto salir de la tumba acusando a su viuda, doña Munia Ximénez, de ser la causante de su asesinato.

Doña Munia murió unos meses después, y en el momento de dársele sepultura entra en la historia un nuevo fantasma, el de la propia mujer, que confesó al Abad de Santa Ana que su hija estaba encerrada en la cueva de la quinta de los Peralta. Se dice que se abrió la cueva y se encontró el cadaver de la chica roído por las ratas. Parece ser que uno de sus tíos maternos (a la sazón los asesinos enmascarados de don Pico) la había llevado allí en busca de un tesoro que había escondido en tiempos Gonzalo Pico acompañado de la niña, que sabía el paradero del mismo. La niña calló en un derrumbe de la cueva y murió.

Cuenta Antoni de Capmany en su famoso libro sobre las calles de Madrid que habrían sido los mismos hermanos los que habrían fingido los ruidos espectrales y hasta a la figura del Pico muerto, intentando llamar la atención sobre el paradero de la niña. Lo mismo habría sucedido con el fantasma de doña Munia, que habría sido en realidad otra hermana más de la misma con idénticas intenciones.

El epílogo de la leyenda -que nos habla de la historia de las huertas de la Puebla que nacieron allí antes de que llegara la ciudad- se refiere en el fondo a como las riveras del Camino de San Bernardo se fueron poblando de casas de notables con el crecimiento de Madrid. Por allí estuvo la casa del marqués de Astorga que -se dice- hizo reconocer la famosa cueva y tapiar sus comunicaciones. Fue en ese momento cuando se abriría la calle, que conservó el eco de los falsos fantasmas.

El Morocco: tantos tipos de vedettes como décadas

El Morocco en otros tiempos | http://www.moroccoclub.es

Quien haya visto el culebrón Amar en tiempos revueltos se habrá podido sorprender con los personajes hablando de “ir al Morocco” ¡pero si esa es una discoteca al ladito de la Gran Vía! La sala sótano de Marqués de Leganés empezó su andadura en una España de los cincuenta aún flaca en la que algunos empezaban a colgar los harapos y a salir por la noche. Por la boite pasaron bailarinas picaronas y la “gente guapa” de aquel franquismo de gesto algo menos torcido.

En los setenta el Morocco siguió su línea verde de orquesta y vedette, pero despojada ahora ya de las últimas prendas, como tocaba en tiempos del destape. En realidad, entre los años 1978 y 1983 la sala se conoció como Talismán, nombre con el que la bautizó Lucía Bosé. Siempre gente guapa.

Fue con la entrada de los noventa cuando un grupo, con Alaska a la cabeza, decide revitalizar un Morocco en el que ya no hay orquestas pero sí el aroma de modernidad decadente que siempre tuvo. Desde entonces, con Pedro Munster como dueño absoluto de la cabina, el Morocco se ha convertido en encuentro de una difícil mixtura de público: el fashion victim se junta el despistado “de provincias”, y el coyote a la busca de un rato de amor con el oficinista. Todos esperan que suenen las mismas canciones de siempre para corearlas: de The Cure a Rocío Durcal.

Para algunos el Morocco es una horterada sin remedio, para otros una bocanada de diversión, para la mayoría, una posta fija con cola en el final de noche madrileña desde hace muchos años.

Hoy en la calle del Marqués de Leganés existen además de la sala un top-less que, sin duda, ha compartido clientes con el Morocco en otros tiempos, la sede de Ecologistas en Acción, una mercería, una tienda donde se pueden comprar mantones de manila y el taller semioculto del luthier de bajos y guitarras Carlos Sabrafén. En realidad, la del Marqués de Leganes es hoy una calle poco transitada para estar tan cerca de la Gran Vía y San Bernardo…hasta caer la noche.

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