primer periódico hiperlocal en España | año VII | 5 de diciembre de 2016
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Diez microrrelatos de terror

Casi 200 escritores han respondido al reto lanzado hace unos días por el Museo del Romanticismo con motivo de la próxima celebración del día de Todos los Santos, festividad que tanto había inspirado a los autores románticos: un concurso literario en el que participar con una historia de terror y suspense de no más de 200 palabras. Los 10 mejores microrrelatos se exponen desde ayer al juicio del público, que será el que elija a los tres ganadores. Puedes votar por tu favorito, hasta el 31 de octubre, entrando en la página de facebook del museo y concediéndole un ‘me gusta’.

A continuación, publicamos los 10 microrrelatos finalistas.

1. Ya ha llegado Matilda, por Willmouse

¡Ah, el timbre! ¡Ya ha llegado! ¡Es ella! ¡Matilda! ¡Qué guapa estás! Yo diría que ese vestido rojo te sienta maravillosamente. ¿Te has hecho algo en el pelo? Sí, estás guapísima, como siempre. Me gusta ese perfume nuevo. ¿No traes maleta? Bueno, no importa. Siéntate, siéntate… ¿Quieres un té? Ah, claro, con leche. Y dos terrones de azúcar, ya lo sé… Es maravilloso tenerte de nuevo en casa, Matilda. No sé qué haría sin ti. Esta semana que has estado fuera me he sentido perdido y triste, y apenas he comido nada. Créeme: cuando te llamo “mi vida”, no exagero ni una pizca. ¿Quieres darte un baño? Ah, buena idea. Ahora te llevo toallas limpias. Hay sales perfumadas en la estantería, Matilda. ¿Las ves? Aquí te dejo las toallas… No te quedes dormida en la bañera, que te conozco. Mientras, voy a preparar algo de cena… Oh, vaya, el teléfono. ¿Sí? Dígame. […] Oh, debe de haberse equivocado, señor. Debe de tratarse de una lamentable confusión. Con toda seguridad no se trata de mi esposa, señor, porque en estos momentos está aquí en casa, dándose un baño… Es un error, señor. Buenas noches. Matilda, acaban de llamar del tanatorio… ¡Qué confusión tan desagradable…! Decían que estabas… ¿Puedo entrar, Matilda? Matilda. Matilda. ¿Estás ahí, Matilda…?

2. La crisálida, por Andreas

Una negligencia de Lara propició la muerte de su hijo. Se deshizo de todo lo que se lo recordara menos, sin saber por qué, del compañero de juegos de Mario, un gato pardo  de ojos casi humanos que nunca se separaba de él. Así pasó el tiempo, Lara recobró la cotidianidad de su vida y apenas se fijaba en las idas y venidas del felino que, por otra parte, la observaba desde las sombras.
Lara tejía cada tarde. Dicha labor la evadía de dolorosos recuerdos. El animal, siempre al acecho, siempre vigilante, observaba fascinado los gruesos ovillos de colores; luego la miraba a ella con sus ojos casi humanos.  Esa tarde hacía calor, Lara dejó la labor y se abandonó al sueño.
Cuando el marido entró en el domicilio receló del silencio reinante y, cuando se asomó a la  habitación, quedó paralizado de terror: una gigantesca crisálida de colores presidía la estancia…
El gato desde un rincón contempla la escena satisfecho, con sus ojos casi humanos…

3. Desconcierto en 00:81, por Simón Bleu

Daniel Martínez tiene cuarenta años y un bote de nocilla. Por las mañanas la desayuna mientras observa a los gorriones cruzar el cielo.
Gorriones al revés.
A las 18:00 la oscuridad se enciende en las bombillas del apartamento. Hace otoño, hay invierno. Unas hormigas se cuelan por su pantalón (es lunes) y le hacen cosquillas en los tobillos (estudio del dominutivo). Entonces, empieza.
Golpes a las paredes, a los relojes, estallan las copas. Quieto, estate quieto. Ahí, a cientos de años luz del lado del espejo, las cosas toman su propia forma a partir de las 18:00. Hasta la mañana siguiente. Hay peces que nadan en la alfombra. Una risa. Oscuridad. Daniel Martínez cierra los ojos a esas horas interminables que rozan sus párpados. Algo le ha tocado el pie. Un mordisco, un grito, un silencio. Una sartén cae en la cocina. Unos pasos. Unos peces. Angustia de no encontrar… ¿dónde está el interruptor?
Oye cómo alguien se sirve su vino, se abren grifos, resbalan uñas por la pared. No ve nada. Desconsolado, espera a la mañana siguiente. Voces, platos rotos.
En el lado izquierdo del espejo, D. M apaga las luces a las 18:00, y se va a trabajar.

4. El disfraz perfecto, por Psitacosis

– ¡Con diez cañones por banda…!
– ¡Ponte el disfraz de una vez, que vamos a llegar tarde!
– Ya casi estoy, mira. Sólo me falta el parche.
El niño se marchó a su cuarto. Se miró con atención en el espejo, se puso el parche, y comenzó a sentirse incómodo, de manera que terminó por quitárselo. Se miró el ojo derecho con detalle, primero lejos del espejo y luego tan cerca que no lo distinguía. Notó que le faltaba algo importante. Sonaron sus pasos apresurados por la tarima.
Acercó la mano al bote del escritorio: unas tijeras, un punzón, una grapadora, lápices de puntas afiladas… Su madre gritó:
– ¿Quieres darte prisa de una vez?
Eligió el punzón apresuradamente y lo clavó con tanta fuerza y decisión como le fue posible. Un grito ahogado. Silencio. La mujer subió y lo encontró sentado frente al espejo, con el punzón en la mano y el parche en el ojo. Había sangre por todo el escritorio.
– ¡Dios santo! ¿Pero qué has hecho?
– El loro no se quedaba quieto en mi hombro.

5. Miedo, por Hogdson

Pensé que, tras pasar interminables años recorriendo estos pasillos, sabía todo lo que hay que saber de mi oficio. Me equivoqué. Creí que no existía ni un solo rincón que no hubiera explorado una y mil veces; que no habría nada que escapase a mi control. Y por ello, me sentía amo y señor de todo lo que hubiese entre estas paredes. De hecho, la oscuridad era mía, la perpetua soledad… incluso el aire viciado y la humedad de catacumba eran mías también. El frío era frío no porque se filtrara por la grieta, sino aquello que dejaba la gélida estela de mis pasos. Y es que los fantasmas somos de condición huraña, y terriblemente celosos de nuestra causa y secreto encierro. Pero ahora, siento que estos sótanos de silencio ya no me pertenecen del todo. Un silencio sólo roto por el sempiterno repiqueteo del agua que se escurre… pero que ahora, cada cierto tiempo, me regresa el eco de otros pasos furtivos. Quién es, de dónde, y cómo vino, no puedo saberlo ni comprenderlo. Porque lo creo imposible. Y aunque no pueda ser, me hace sentir cosas que obviamente ya había olvidado. ¿Acaso esto es miedo?

6. Una exposición arriesgada, por Judas Krae

El museo anunció la próxima apertura de una exposición arriesgada. Traiga sus propios monstruos, rezaban las invitaciones que recibieron en sus buzones los habitantes de la ciudad. Al principio venció el desconcierto, la reserva y el escepticismo. Pero a medida que el día del estreno se aproximaba, fueron llegando, con cuentagotas, los hijos de los pederastas, las mujeres maltratadas, los hermanos de los caníbales, las madres de los parricidas.
Uno a uno, tocaron con sus nudillos fríos la puerta trasera del museo, susurrando con voz queda y trémula, para deshacerse de sus monstruos y sus martirios.
Tal fue el éxito de la iniciativa, que al abrir sus puertas (el museo) a tan descabellada exposición, la ciudad entera suspiró y por fin pudo dormir tranquila.
Mas el alivio duró poco. Tras el primer día, los habitantes de la ciudad, tuvieron que lidiar con la más terrible de las pesadillas, que les acosaba todas las noches, cuando el silencio, por fin, dominaba las calles.
Pues Morfeo había decidido acosarles con el sueño de un museo que cerraba sus puertas a una exposición arriesgada, viéndose en la tesitura de regresar a sus dueños todo el material cedido para la misma.

7. Aniquilación, por Carlos Chacón Ramiro

¿Es posible horrorizarse ante la aparición de la madre muerta?
Aquella tarde, fusionada con el gentío en plena Gran Vía madrileña, ella avanzaba de espaldas, entre la gente. Estatura infantil, con un extraño camisón blanco. De improviso giró bruscamente y observé su rostro infecto, inyectado con una maldad sobrenatural. Me miraba fijamente, se reía. Caí al suelo de la impresión, como un fardo.
En la clínica me informaron de un súbito desvanecimiento atribuido a una bajada de tensión.
Han pasado tres meses. Yo siempre amé a mi madre. Era el paradigma de la bondad.
Es en una tarde espléndida, calurosa y radiante de luz. En el jardín de mi casa campestre aparece bruscamente tras el tronco de un árbol. Su cara es odiosa, su mirada inexplicable, más allá del mal. No sonríe.
Soy incapaz de expresar lo horrible de la imagen. Sus ojos me transmiten una sensación de perdición, desesperanza, aniquilamiento total. Me informan que voy a morir y su perversidad estará eternamente, sí, eternamente destruyéndome sin final. Para siempre, sin escape…
Logro relatar todo esto en la grabadora de mi IPod. Se me nubla la vista. No puedo narrar el horror que contemplo…

8. Sin título,  por Vacodriani

—A la una me tuvieron, a las dos me bautizaron, a las tres me puse novia y a las cuatro me casaron…
—Calla, no cantes, por favor, déjame…
—A las cinco tuve un niño, a las seis lo bautizaron, a las siete…
—Por favor, dime qué tengo que hacer para que me dejes, para que me perdones. Me equivoqué, me equivoqué por siempre…
—A las siete algo me dieron, a las ocho…
—No cantes y háblame, hadme saber si con mi muerte te contentarás, dime si no has tenido suficiente con la marcha de Leonor, mi Leonor.
—A las ocho vino el cura y a las nueve…
—!Márchate¡, rencor y venganza, vuelve de donde saliste, déjame solo, sufriendo, no aguanto más.
—Y a las nueve, me enterraron.

9. El Monstruo,  por  Emil Sinclair

No te preocupes mi niño, mamá está contigo, nada va a pasarte.
No pongas esa cara mi vida, ya te he contado todos los cuentos que sabíamos, ahora hay que dormir cariño, así bien tapadito, no, tu osito Charlie está roto y sucio, acuérdate. Sí, no me olvido del beso en la frente, sí Esteban, he mirado debajo de la cama y en el armario y no he encontrado ningún monstruo, ya te he dicho muchas veces que los monstruos no existen, sólo que a menudo se tienen pesadillas y crees que lo que has visto y hecho es real mi pequeñín, ahora duerme, sí, mamá vigilará, buenas noches querido, pero no llores mi cielo, por favor sabes que oírte llorar me hace daño, cálmate ángel mío, no te revuelvas tan fuerte, vas a acabar hiriéndote, sabes que esta noche tiene que ser así mi vida, si duermes tranquilo mañana aflojaré las cinchas de tus muñecas y soltaré tus piernas, pero sólo si eres bueno te dejaré comer carne.

10. Branquias, por Jesito Weaver

Fue a mediados de julio, en una noche de suave brisa, de esas que aligeran los calores acumulados durante el día. Los mayores agradecían la tregua saliendo a la calle, disfrutando del fresco que la canícula les había negado hasta entonces. Aprovechaban también para ponerse al día sobre los últimos acontecimientos, casi siempre sobre el desarrollo de los trabajos en el mar y otros asuntos de poca importancia.
El aullido se escuchó en todo el pueblo. Los vecinos de la zona más alejadas del puerto dijeron haberlo oído nítidamente.
Fueron pocos los que se atrevieron a acercarse a las inmediaciones del muelle y ninguno de ellos ha vuelto a ser el mismo. Los mejor parados continúan con sus insignificantes vidas como pueden: solos, sin apenas relación con los vecinos, como en un estado de letargo que cada vez parece más profundo. Suelen usar pañuelos para esconder sus branquias.
De los primeros en llegar al embarcadero donde se encontró el cuerpo no ha vuelto a saberse nada. Hay quien dice que saltaron al agua, atraídos por algo de lo que casi nadie quiere hablar. Otros, los más incautos, se aventuran a pronunciar un nombre. “Fue Cthulhu,” dicen.

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