primer periódico hiperlocal en España | año VII | 8 de diciembre de 2016
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Ecologías culturales en Malasaña

Por Daniel Martín Bayón

El jueves 27 tuvo lugar una nueva edición de Palma Central. El mismo día, entre las noticias de Somos Malasaña, se afirmaba que este tipo de acontecimientos empiezan a despuntar en el barrio como organizaciones más o menos espontáneas entre vecinos, asociaciones culturales, comercios, etc.

No es de extrañar que en un barrio como el de Malasaña (y aledaños) se organicen eventos de estas características, dado que la exploración de nuevas formas de interacción vecinal es una necesidad cada vez más acuciante en los espacios urbanos contemporáneos, como forma de resistencia a las pautas predeterminadas de interacción y experiencia que se vienen imponiendo en la megalópolis globalizada.

Este tipo de acontecimientos artísticos que están surgiendo en el barrio, se encuadran bien en lo que E. Laddaga ha dado en llamar “ecologías culturales” en su libro ‘Estética de la Emergencia’. Se trata de proyectos que articulan la producción de imágenes, textos o sonidos, con la exploración de las formas de vida en común (en principio renunciando a la producción de objetos artísticos convencionales), para iniciar o intensificar procesos abiertos de conversación que involucren a no artistas durante tiempos largos, en espacios definidos, donde la producción estética se asocie al despliegue de organizaciones destinadas a modificar estados de cosas en determinados espacios, y que apunten a la constitución de “formas artificiales de vida social” o modos experimentales de coexistencia.

Riqueza emergente del barrio

La cuestión de qué tipo de modificación se pretende y qué modo experimental de coexistencia se busca, es lo que seguramente determina las diferencias entre las diversas ecologías culturales que están surgiendo en el barrio de Malasaña.

De esta manera asistimos a una gran variedad de motivaciones, desde las más puramente comerciales en algunos casos, a planteamientos políticos en el caso concreto del Patio Maravillas, hasta la motivación socioplástica de Palma Central. En la amplia variedad de ecologías culturales del barrio reside su riqueza emergente. En cualquier caso, en todas ellas, se gesta el proceso artístico como dispositivo que establece conexiones entre espacios y personas. De esta manera se renegocian constantemente las identidades y las relaciones entre los elementos del barrio.

Un análisis exhaustivo de cada una de las ecologías culturales está fuera del alcance de esta nota. De hecho, el diario Somos Malasaña tiende a mantenernos informados de las nuevas “emergencias” que se generan en las distintas ecologías culturales, con atención especial a las manifestaciones de arte urbano.

Una característica particular de las ecologías culturales es que su objetivo final no es la producción de un objeto artístico convencional, sino que la “producción de arte” es el mecanismo mediante el que se mantiene abierto el proceso interactivo. En este sentido es muy destacable el constante esfuerzo del espacio LAPIEZA (c/ Palma 15) por mantener abiertos continuos canales de comunicación e interacción mediante sus llamativas “intervenciones socioplásticas en acción directa”, mediante la mutación constante de su instalación o mediante la organización y coordinación de acciones conjuntas (Palma Central). Todo esto tiene lugar en un espacio increíble que se aleja del paradigma obsoleto de “galería de arte” (cubo blanco, espacio de silencio reverencial, lugar de culto para la contemplación extática, etc.) para explorar las posibilidades de la experiencia relacional volcada hacia la calle, mediante la forma de “salón de arte basura”, donde los objetos saltan de sus pedestales para ponerse a dialogar entre ellos y con los asistentes-participantes. Si el barrio de Malasaña es una gran ecología cultural, uno de sus centros es LAPIEZA.

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