primer periódico hiperlocal en España | año VII | 11 de diciembre de 2016
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El Hospital de Mujeres Incurables, el asilo de más tradición en el barrio

Grabado de la Ilustración Española y Americana del 05/04/1871 donde se ve a la mujer de Amadeo de Saboya, la reina Maria Victoria, visitando el hospital | LA GATERA DE LA VILLA- WWW.FOTOMADRID.COM

El barrio tiene una larga tradición de centros de internamiento para mujeres de muy distinta índole. Entre nuestras vecinas más desdichadas hemos tenido a las reclusas del Convento de las Comendadoras de Santiago o las de la Cárcel Galera de la calle Quiñones, también el Hospital de Mujeres Perdidas en la calle Pizarro primero y luego en Hortaleza. Seguramente el centro que más sedes distintas ha tenido en el entramado de calles de nuestro barrio es sin embargo el Hospital de Mujeres Incurables.

Apareció por vez primera en nuestras calles en la Travesía de Conde Duque esquina con la calle del Limón a principios del siglo XIX. Permaneció aquí en alquiler pocos años antes de irse a la calle de la Colegiata, al lado de Tirso de Molina, y de nuevo regresó a la calle de la Madera. Su emplazamiento más durarero sería el de la calle de Amaniel con la Travesía del Conde Duque desde 1824, en un caserón donado por Fernando VII ya desaparecido cuyo lugar ocupa un moderno edificio de los años setenta “unos pisos construidos por la Diputación”, según nos cuenta una vecina. El edificio había albergado con anterioridad el Colegio de Niñas de Monterrey, fundado por Felipe V en la casa del conde del mismo título.

El Hospital debe su fundación a la condesa viuda de Lerena, que pide permiso real en 1800 y sólo tres años después nace el Hospital de Jesús el Nazareno, más conocido por el sobrenombre de Hospital de Mujeres Incurables.

El centro era en realidad más bien un asilo que, en palabras de Mesonero Romanos más que hospital de curación “era un asilo para curar a mujeres ancianas e impedidas, afectadas de dolencias reputadas de incurables como parálisis, chochez o demencia senil”.

En realidad el asilo seguía la tradición de instituciones de beneficecia privados que desde el siglo XVI habían poblado Madrid de lugares que daban techo y cobijo en sus últimos años a antiguos sirvientes, peregrinos y todo tipo de ancianos desarrapados. Bajo el pulso de los ideales ilustrados de principios del XIX latía la clásica caridad de las damas de clase alta. Si ser viejo y pobre, más aún que ahora, era pertenecer a un grupo excluido socialmente, ser vieja y pobre lo era doblemente.

Las Damas Tutoras – así se llamaban estas señoras piadosas – sólo admitían mujeres pobres que no tuvieran enfermendades infecciosas y que no fueran “mendigas que fueran de puerta en puerta” o castigadas por la Santa Inquisición. Es decir, lo que se llamaban “pobres vergonzantes”, porque hasta para ser pobre ha habido siempre clases. Las Damas Tutoras obtenían fondos pidiendo acompañadas de un lacayo en la iglesia que allí había o en la puerta de otras iglesias.

El Hospital de Mujeres Incurables estuvo en activo hasta los tiempos de la II República y aún después, en los años cincuenta, se inauguró un centro con el mismo nombre en la zona de Plaza de Castilla. Una vida larga para un centro de larga tradición en el barrio.

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