primer periódico hiperlocal en España | año VII | 3 de diciembre de 2016
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Hazlo tú mismo: ética y estética de la autogestión

Por Daniel Martín Bayón

En la actualidad puede verse en una conocida institución cultural madrileña la exposición ‘Do it yourself’, que remite a algunas prácticas artísticas a las cuales nos estamos refiriendo sistemáticamente desde estas líneas. La utilización de objetos cotidianos y prácticas sencillas es una vía especialmente adecuada para la construcción de narrativas, no solo al alcance de todo el mundo, sino que además resultan particularmente expresivas. De esta manera, desde ciertas vanguardias a las que nos hemos referido repetidamente, hasta la estética relacional propuesta por el crítico francés N. Bourriaud, han sido muchos los artistas y pensadores (si es que realmente existe alguna diferencia) que han abogado por una práctica artística que acabara con el secuestro de la creatividad por parte de las instituciones del arte. Las razones y finalidades de este secuestro son diversas, pero algunas tienen que ver evidentemente con legitimaciones de los grupos de poder y de la división de tareas que mantiene las diferencias entre grupos. De esta manera, si se consigue que cada individuo se considere experto en un campo limitado de la experiencia, pero inoperante en todos los demás, de buen grado aceptará a un grupo de personas que se presentan a sí mismas como expertas en la organización y gestión de la globalidad, dada la supuesta incapacidad de la ciudadanía para ese tipo de tareas, mientras cada individuo puede dedicarse a la gestión inoperante de su pequeña parcela experiencial.

Pues bien, como hemos dicho, son muchos los agentes sociales que han demostrado que la autogestión en diversas áreas que se suponían imposibles es en realidad factible. Desde que M. Duchamp mostrara lo arbitrario de la legitimación del arte por parte de las instituciones, y las posibilidades creativas de la libre reutilización de los signos y los contextos, toda una línea del arte no ha dejado de proclamar que la vida es un acontecimiento que puede y debe vivirse artísticamente, sin limitaciones aceptables a la hora de restringir lo que puede concebirse como artístico o creativo.

La aplicación lógica de esta propuesta al campo político y a la forma de conformarse como ciudadanos vino de la mano del situacionismo, que invitaba a las gentes a configurarse creativamente como habitantes de la ciudad, rechazando las rigideces e imposiciones en un ámbito de tamaña importancia para el ser humano.

Similitudes con el 15-M

No parece probable que a alguien se le escape la similitud de estos contextos con la situación contemporánea que se vive cotidianamente en nuestras plazas públicas. Cansados de limitaciones en la manera en la que puede desarrollarse el consenso público y la negociación de lo común, un gran número de ciudadanos ha decidido poner fin a la falaz brecha abierta entre política y vida, de la misma manera en la que muchas vanguardias pretendieron borrar la que existía entre arte y vida, y asumiendo esta misma pretensión, además lo han hecho de forma artística. Todo en la consolidación de este acontecimiento remite a la estética relacional de N. Bourriaud, desde la estética de la expedición que representa la configuración de una identidad nómada, hasta su extensión por todas las plazas públicas que remite a la metáfora del radicante. Los organismos radicantes se extienden instalándose precariamente en el territorio en el que se asientan, no para permanecer en él, sino como superficie desde la que continuar la extensión, en razón precisamente de su identidad nómada. Mediante este proceso de extensión, los radicantes construyen nuevas trayectorias posibles en el paisaje de la cultura, a partir de la conciencia de la precariedad y la desterritorilización impuestas por el sistema socioeconómico imperante. Estas condiciones se imponen mediante la instalación de escenarios que se hacen pasar por innegociables y que obligan a actuar según guiones definidos y supuestamente inmodificables.

Las plataformas que se han reunido en La Puerta del Sol en estos días han decidido alterar los guiones y construir sus propios escenarios, además de retomar los escenarios de las plazas públicas para reactualizar unos guiones de ciudadanía excesivamente encorsetados, arcaicos y caducados. Desde allí, se han extendido de manera radicante a otras plazas y espacios públicos, incluyendo Internet. Esta reutilización creativa de los espacios públicos reconfigura las plazas como lugares comunes para la renegociación continua de identidades, de la misma manera en que lo harían las performances artísticas. Los ciudadanos reunidos de manera horizontal se constituyen en plataformas que se ocupan de todos los aspectos de la gestión de la vida pública, sin necesidad de recurrir a expertos jerarquizados que dividan y subdividan la experiencia hasta despojarla de la riqueza de su multidimensionalidad.

N. Bourriaud planteaba la narrativa de la altermodernidad como alternativa a la estéril disputa entre las narrativas moderna y postmoderna. Ante la pregunta a cerca de las raíces, del “¿De dónde venimos?”, propone la pregunta más interesante del “¿A dónde vamos?”. Quizás sea éste uno de los aspectos que hacen al movimiento ciudadano más artístico e interesante, esa preocupación compartida por la exploración de la posibilidad de narrativas comunes, que se materializa en la constitución de una asamblea dialogante y consensuada. Es precisamente en esa capacidad de transformar la indignación impotente en actividad exploratoria de los límites que parecían absolutos, donde radica la creatividad de esta situación. La habilidad general para reapropiarse de una democracia encorsetada, vacía de significado y entregada “desde arriba”, para transformarla mediante la reactivación de la vida pública, supone una actividad llena de imaginación y deseo, capaz de reactivar procesos de participación ciudadana y formas de relaciones humanas que parecían imposibles.

Narrativas consensuadas

Desde esta perspectiva de la altermodernidad, la construcción conjunta de narrativas consensuadas, sean estéticas o políticas, no requiere de ninguna habilidad extraordinaria ni de ningún individuo genial e irrepetible. La elaboración flexible de identidades colaborativas se realiza a partir de acciones tan sencillas como la acumulación, combinación o reutilización, con la finalidad de resignificar los elementos ya disponibles en el paisaje cultural. Esta habilidad semionáutica de selección de nuevos trayectos entre signos habituales, pone a disposición de todo el mundo la construcción de escenarios y guiones (una vez más, sean estos estéticos o políticos) y desenmascara la pretensión establecida de que o bien los guiones y los escenarios vienen dados, o bien que se requieren expertos para su creación o modificación. La lectura de los recientes acontecimientos desde la perspectiva de la estética relacional no está completa si no añadimos que desde esta visión desaparecen los sujetos y los objetos delimitados y estables y en su lugar aparecen los vínculos de riesgo y los haces de relaciones. Los objetos producidos durante estas manifestaciones son objetos imprecisos y de bordes abiertos que interactúan con el entorno y se modifican en función de éste. Desde la forma de la acampada en la plaza hasta los tablones o las pancartas, se trata de objetos que interactúan y responden a la interacción de manera performativa. Sería difícil establecer qué acontecimiento provoca una pancarta y qué pancarta provoca un acontecimiento, dado que se relacionan y se combinan hasta hacerse inseparables. Los participantes, por su parte, renuncian a narrativas identitarias de heroicidad y liderazgo para constituirse en haces de relaciones. Cada participante es insustituible en virtud de las relaciones que implica, al tiempo que ninguno es privilegiado en base a una capitalización de esas relaciones, lo que posibilita que la red relacional se expanda y se dote de suficiente fuerza como para permitir la creación de nuevas narrativas de identidad más flexibles y probablemente más justas.

De naturaleza radicante

Con el salto de las asambleas del centro de Sol a otras superficies como las plazas de barrios y pueblos, el acontecimiento afirma su naturaleza radicante. No es sorprendente que en el barrio de Malasaña la convocatoria haya activado diversos y variados haces de relaciones, dado el habitual carácter favorecedor de vínculos de riesgo del entorno, y su particular proliferación de ecologías culturales. En este contexto, la sala LAPIEZA lleva más de dos años apostando por una estética relacional en pleno corazón del barrio. Mediante intervenciones de diversa índole, las propuestas de este espacio invitan a la reflexión participativa en torno a muchas de las cuestiones planteadas por la estética relacional de N. Bourriaud y que remiten a los recientes acontecimientos referidos. La instalación mutante de LAPIEZA suele proponer vínculos de riesgo mediante los que facilitar la representación de algunos conceptos tales como la identidad nómada, tal y como lo hacen la maleta de Krapoola o la topología portátil de la yrealydad; la exploración de identidades flexibles, como en el trabajo preformativo de Regina Fiz o las nuevas formas de identidad en la red como en el de Intimidad Romero. También son frecuentes las muestras del desvelamiento de los escenarios y los guiones, con muchas formas diferentes de posicionarse ante ellos, desde los empanados de Miguel Guzmán, hasta las pupas de Paula Lloveras o las historias de Samsa de Jesús Andrés. La metáfora del radicante y su extensión aún en condiciones de precariedad a partir de las más diversas superficies se representa mediante diferentes construcciones como las fortalezas de Tomoto o la fascia lata de la yrealydad, mientras las acumulaciones de Eslomo en sus nubes pasajeras o en “su rollo” siguen remitiendo a la gran capacidad comunicativa de las sencillas acciones propuestas por N. Bourriaud a la hora de considerar al artista como aquel que selecciona signos con la finalidad de generar nuevos trayectos y conexiones, que pueden llegar a reprogramar el sistema cultural. Esta reprogramación puede hacerse, de forma irónica, a partir de signos y materiales desechados por el mismo sistema que pautó su obsolescencia prematura, como también resulta irónica la acusación de precariedad contra estas narrativas y lenguajes formales, cuando la precariedad es la conclusión lógica de las premisas del guión que se presenta como carente de alternativa.

En definitiva, la estética relacional propuesta por el crítico francés N. Bourriaud, tal y como se despliega en LAPIEZA, permite la progresiva elaboración de representaciones necesarias para conceptualizar un guión y un escenario alternativo a los desmanes del sistema tal y como lo conocemos. Con la reivindicación del artista (ciudadano) como programador y como efectivo constructor de su propia selección de elementos de entre los disponibles en el entorno cultural, se propone un modelo para la elaboración de nuevas identidades (artísticas, políticas, colectivas…) capaces de gestionar los asuntos comunes sin necesidad de recurrir a narrativas obsoletas relativas a genios o héroes que legitimen la delegación de los asuntos públicos en manos de castas especializadas.?

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