primer periódico hiperlocal en España | año VII | 7 de diciembre de 2016
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La dictadura del tubo de escape y la libertad de respirar sin polución

La calle San Bernardino, en el centro de Madrid, sin tráfico este martes | SOMOS MALASAÑA

La calle San Bernardino, en el centro de Madrid, sin tráfico este martes | SOMOS MALASAÑA

Los últimos días de octubre hemos vivido en Madrid el primer episodio de contaminación grave en lo que va de año: durante tres días, el Ayuntamiento impuso restricciones a la velocidad en la M-30 (se podía circular a 70 km/h en lugar de a 90 km/h) y llegó a restringir el aparcamiento a los no residentes el lunes.

Curiosamente, la medida que mejor funcionó para luchar contra la contaminación fue una no tomada: la simple amenaza de que se podría restringir este miércoles la circulación a los coches con matrícula impar sirvió para que muchos conductores fueran conscientes de la gravedad de la situación y aparcaran su turismo este martes festivo para no tener que hacerlo por obligación el miércoles.

El Ayuntamiento aplicó con buen criterio una medida de gracia al no ejecutar el protocolo anticontaminación estrictamente. Según la normativa, en vigor desde febrero, se debería haber prohibido la circulación de la mitad de los coches el día 1. Pero en lugar de eso solo se alertó y el efecto, en un día festivo con unas condiciones climáticas similares al domingo anterior (en el que creció el NO2), fue esperanzador al descender los niveles por debajo del umbral que pone en marcha los avisos.

Cada mañana, una gran mayoría de madrileños toma el transporte público para acudir a sus lugares de trabajo o de estudio. Mientras, una minoría opta por viajar en su propio vehículo. Una minoría dentro de esta minoría esgrimía este martes su “derecho a circular” en coche, independientemente de los niveles de contaminación que sufran los ciudadanos. Un concepto de libertad equívoco, que pone el derecho a usar un transporte que genera gases nocivos por encima del derecho que tienen todos los madrileños a no envenenar sus pulmones.

La libertad de contaminación, alentada tanto en redes sociales como en conversaciones de bar, es además obscena: esta minoría dentro de la minoría es la causante de la polución, de que se tengan que tomar medidas extremas como cortar la circulación de los coches, mientras que la mayoría que no contamina vive bajo sus efectos contaminantes.

Afortunadamente, la boina de gases que cubre Madrid ya no es algo inevitable y pintoresco, tan castiza como La Cibeles o la Puerta del Sol. Es posible acabar con ella. Pero no se conseguirá si algunos conductores sigues poniendo la dictadura del tubo de escape por encima de la libertad de respirar aire libre de polución.

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