primer periódico hiperlocal en España | año VII | 29 de septiembre de 2016
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Los límites de la gentrificación en Malasaña

El cocinero de Left Hand Rotation estuvo por las paredes del barrio

Un pescadero de tiempo se queja de que con la eliminación de las plazas de aparcamiento se echó a las familias del barrio: “¡las familias con varios miembros necesitan coches!” Lo que en un principio está pensado para hacer más habitables las estrechas calles de Malasaña, el viejo vecino lo siente como una afrenta.  Maruja, la abuela de Malasaña, vuelve a organizar las fiestas de Nuestra Señora de las Maravillas y se encuentra con la colaboración de modernos comerciantes. Ella, de pelo corto, vestimenta naif y aspecto estereotipado como gafapasta, acude a asambleas vecinales a tejer barrio. Los de Mondo Brutto dicen que Malasaña ya no existe, “la plaza del 2 de mayo es una infinidad de parejas de treintañeros con niños pequeños” en lugar de un barrio rockero … y, sin embargo, muchos de esos padres de familia son los mismos rockeros, que agradecen la existencia de columpios en la plaza sin renunciar a su identidad.

Es común escuchar en los últimos tiempos oír hablar de la gentrificación de Malasaña. Más aún, si hay que poner un ejemplo al respecto, en esta ciudad Malasaña es la gentrificación. Por otro lado, Malasaña ha sido, y es, puntal de organización vecinal y efervescencia creativa en el centro de Madrid. Lo que hoy nos preguntamos, sin obviar que no faltan razones para que este fantasma campe amenazante por el barrio, es cuáles son sus límites; dónde acaba la modernización de las costumbres y empieza la gentrificación; hasta qué punto esta se mimetiza con lo hipster… Esto es un modesto intento de disección del cambio en el barrio.


¿Gentriqué?

Aunque la dinámica que conlleva es al menos tan vieja como las ciudades contemporáneas, el concepto, tal y como lo estamos tratando, es definido en 1990 por Michael Pacione, y admite distintas interpretaciones. Lo que es común a todas las concepciones de gentrificación es el ser un proceso de transformación urbana en el que los viejos vecinos se ven desplazados por un nuevo grupo poblacional más pudiente. La población puede irse por efecto mismo del cambio (porque se sientan extaños en su propio barrio), expulsados por causas económicas (la subida de los alquileres o la tentación de venta) o directamente por presión municipal.

El territorio gentrificado puede también adoptar distintas formas: la de barrio histórico convertido en museo del pujante turismo urbano, de barrio bohemio crecientemente mercantilizado, de barrio obrero convertido por su situación céntrica en barrio burgués…

Captura de una Storify sobre gentrificación en el barrio | http://storify.com/somosmalasana/en-malasana-la-gentrificacion

Uno de los ejes cruciales en el proceso es el auge de profesionales liberales de buen poder adquisitivo, auspiciado por el capitalismo postfordista de servicios. Gente de gustos urbanos, soltera o con familias pequeñas, que gasta dinero en diseño y ha venido desembarcando en los centros urbanos durante las últimas décadas. Es en este punto donde, en el lenguaje cotidiano al menos, la gentrificación pasa a designar procesos más paisajísticos. Es sencillo identificar el cambio sociocultural con el cierre de una vieja cacharrería y la apertura en, el mismo local, de un negocio con escaparatista en nómina. Lo difícil es separar lo que tiene de consecuencia de un proceso urbano más complejo y lo que tiene de respetable cambio de costumbres.

Malasaña: los hitos del cambio

El centro urbano que se encontraron las primeras corporaciones municipales de la democracia era un cúmulo de edificios viejos que se dejaban caer, un trazado de calles abandonadas que se vaciaban progresivamente. Aunque surge entonces cierta conciencia de la necesidad de regeneración del centro, el declive se mantendrá durante toda la década. El distrito había perdido un 50% de su población desde los años sesenta y aún lo haría un 12,5% más en los ochenta.

Algunos de los hitos que han ido cambiando la fisionomía del barrio de Universidad desde los años ochenta han sido la primera rehabilitación del cuartel del Conde Duque en el año 83, la remodelación de la Plaza del Dos de mayo en los noventa, la peatonalización de parte de Fuencarral, o la fracasada – es consenso – remodelación de la plaza de los Luna.

Simultáneamente, se limpiaron numerosas fachadas a través de subvención a la rehabilitación y, en el contexto de proyectos urbanísticos municipales (el Plan de Rehabilitación del Centro de Madrid del 87, Programas de Intervención Preferente Malasaña-Pez…), se rebajaron bordillos, se renovaron las aceras, se plantaron algunos árboles y se redujeron las plazas de aparcamiento. Cambios que han traído una mejora innegable en la ecología barrial que, sin embargo, han tenido un alcance mucho menor a la hora de incentivar espacios sociocomunitarios: el barrio ha mejorado como lugar para vivir pero carece de dotaciones y espacios donde relacionarse.

No cabe duda de que las propias dinámicas de la oferta y la demanda han significado – economía de mercado obliga – que la subida del valor de suelo haya empujado fuera del barrio a algunos viejos vecinos. Sean cuales fueran las causas, es innegable el cambio de perfil del vecino, como explica en un artículo de Viento Sur Aurora Justo:

“Su población [Universidad], 33.493 habitantes con un 27% de población extranjera, ha crecido un 13,5% en los últimos 10 años, los hogares lo han hecho en un 16.7% y la proporción de envejecimiento ha descendido en 10 puntos (de un 26,17 en 2001 a un 16,14 en 2010). Se ha modificado la tendencia regresiva y de envejecimiento y hay un nuevo contingente poblacional que incrementa notablemente las cohortes de edad comprendidas entre los 30 y 54 años (un incremento medio de 30%), que conforman el 51% de los hogares unipersonales y que han roto el peso histórico de los unipersonales integrados por los mayores de 65 años”

Durante la última década la lógica de la rehabilitación de los centros urbanos ha adoptado una perspectiva nueva: la del barrio marca. Se trata, sin duda, de una decisión política consciente, tomada con un ojo puesto en la Barcelona postolímpica, que convierte el barrio en mercancía. Del sitio donde se producen cosas al barrio que es el producto en sí mismo. De ahí a adoptar el nombre de una asociación de comerciantes en los documentos del ayuntamiento hay  un paso.


Triball: el barrio marca


Hacia 2008 empezamos a escuchar hablar por primera vez de Triball, asociación de comerciantes que se propuso hacer de la llamada trasera de la Gran Vía (Desengaño, Ballesta, Loreto y Chicote…) un soho a la madrileña, poblado de locales de moda. Algunos les acusaron de desembarcar en el barrio “como marcianos”, otros de tener oscuros intereses inmobiliarios y, a algunos, les agradó que por fin algo se moviera en una zona históricamente abandonada por la suerte y las autoridades municipales.

Escultura publicitaria en la plaza de los Luna | SOMOSMALASANA.COM

La gente del colectivo Hetaira, que trabaja contra el estigma social de la prostitución, denunció en su momento como Triball habría estado presuntamente detrás de la negativa de los propietarios de la zona a alquilarles un local en el área de influencia de la asociación, donde Hetaira venía también desarrollando su actividad hasta entonces. Valga como ejemplo de tensión en el cambio.

Hay quien dice que el proyecto de Triball se ha visto paralizado por la crisis inmobiliaria, aunque cabe hacer la lectura de que el resto de Malasaña –acaso la más identificable con ese nombre en torno a la plaza del Dos de Mayo – le ha adelantado por la derecha en la carrera de la modernidad. Triball ya no tiene la exclusiva de lo hipster en Malasaña, lo moderno rebosa en cada esquina del barrio. No es sitio para analizar a Triball -ya lo hemos hecho en otras ocasiones antes – pero es evidente que es un acrónimo ineludible al hablar de un cambio forzado en la fisionomía de un barrio, un cambio que por otro lado, se ha encontrado una oposición -sea la crisis sea el propio material con que está construida la identidad de la trasera – más resistente de lo que sus promotores esperaban.

Contra la gentrificación…más tejido ciudadano

El orfeón en las fiestas autogestionadas del Dos de Mayo en 2011 | SOMOSMALASANA.COM

Aunque entonces nadie había escuchado hablar en España sobre  gentrificación, el barrio tiene una larga historia de relación con los elementos que conforman las definiciones habituales del término. Entre los cincuenta y los setenta peligró su existencia por los planes de la Gran Vía Diagonal y del Plan Malasaña, que pretendían crear una gran avenida que conectara Plaza de España con Alonso Martínez. Aunque el plan nunca llegó a ejecutarse, fueron años de desahucios y expedientes de derribo continuos para crear un barrio a medida de la clase media acomodada.

La pelea contra el Plan Malasaña consiguió aglutinar al movimiento vecinal, que consiguió que no se repitiera la historia del barrio vecino – el hoy desaparecido de Pozas – cuya memoria descansa bajo los cimientos de El Corte Inglés y un hotel de lujo, y cuyos vecinos fueron expulsados por presión económica y policial.

Desde entonces, la dinámica ha sido siempre la misma: ante la percepción de un peligro para el barrio, algunos de sus vecinos se han unido para hacer más barrio. Así sucede, por ejemplo, con la organización popular de las fiestas del Dos de Mayo, que el ayuntamiento niega a Malasaña, y así sucede últimamente con la Plataforma Maravillas, unión de asociaciones y grupos que trabajan por el barrio. Hacer de la necesidad virtud, le llaman.

En un artículo de 1984 en el desaparecido periódico de izquierdas Liberación, Eduardo Haro Ibars ya hablaba de la muerte del barrio por la espectacularización y pérdida de identidad malasañeras: “convirtieron el barrio en un centro turístico. Antes, los madrileños iban por allí en busca de libertad, de una forma nueva de vivir, ahora van como quien va al circo: a observar a una fauna extraña…” Desde entonces, mucho antes de saber que gentrificación no es un nombre de señora, ya se debatía  sobre la permanencia y la violencia del cambio en nuestras calles.

Hay una delgada línea que separa la lógica evolución de estéticas y costumbres de la desnaturalización de los barrios. Las mejoras de infraestructuras, por otro lado, son un mínimo exigible en el devenir histórico de nuestras ciudades. Que los tabiques caigan para que los pisos puedan llamarse lofts, o las magdalenas se llenen de colorantes para nombrase  muffins, quizá no sea lo importante –aunque pueda ser significativo – a la hora de detectar un proceso de gentrificación. Acaso  la clave está en la expulsión de los vecinos,  la asfixia del tejido social y el aplastamiento de la identidad barrial ¿en qué medida está sucediendo esto en este barrio? Esperamos haber dejado elementos para la reflexión al respecto

* El extracto de conversación en twitter que adorna el artículo pertenece a un storify que recoge una conversación extensa sobre la gentrificación en el barrio. Se puede consultar completo aquí

“Tenemos que apostar por una ciudad Open Source, donde los ciudadanos tengan mayor libertad a la hora de decidir sobre su entorno”

*Le pedimos a Doménico Di Siena, arquitecto que ha trabajado mucho sobre el concepto, que nos explicara brevemente los procesos de cambio urbanos de nuestras ciudades . Tuvo la deferencia de enviarnos estas palabras.

Domenico Di Siena | http://urbanohumano.org

Las ciudades y los barrios viven en constante transformación. Sus calles, plazas y edificios sufren las consecuencias de ciclos económicos, politicos y sociales. Los administradores suelen asociar la expansión económica con la construcción desmesurada de nuevas viviendas. El resultado son periferias sin identidad donde habitar solo puede ser sinónimo de aislamiento. Con la incapacidad de crear nueva ciudad crece el interés en recuperar los barrios del centro. En ambos casos, el motor suele ser económico, siendo difícil decidir cual de los dos es el más perverso. En el caso de la ciudad consolidada, el motor de la transformación suele ser la promoción de una nueva economía local que quiere atraer vecinos más pudientes y expulsar a los más viejos y pobres.Este modelo suele venderse muy bien, puesto que el resultado son barrios mucho más vivos y atractivos, con importantes mejoras funcionales y estéticas. En realidad, son la prueba de que hemos perdido completamente toda atención sobre el concepto de comunidad. No nos preocupamos de cómo las personas que viven en un barrio pueden contribuir a mejorarlo, sino que directamente, desde arriba, decidimos en qué “tipo” de barrio queremos que se transforme. En el fondo, todos estamos viviendo estilos de vidas muy alejados del entorno más próximo. Nos preocupamos del trabajo y de tener servicios y tranquilidad doméstica. Nada más. Hemos creído realmente que todo se compra con dinero y nos vamos a vivir en aquel barrio donde encontramos el estilo de vida que nos gusta y que nos podemos permitir. No elegimos un barrio para formar parte de su comunidad y construir con ella una identidad local.

Llega el momento del cambio, y no solamente debido a la crisis económica, sino también a una crisis social. Igual que empezamos a desarrollar procesos de consumo colaborativo, como grupos de consumo o servicios de intercambio de servicios, seremos capaces de generar procesos de autoorganización para gestionar, transformar y mejorar nuestro entorno. Técnicos y Políticos deberían apostar cada vez más por la proliferación de estos micro-procesos y menos por grandes campañas de transformación. Apostar por una ciudad Open Source, donde los ciudadanos tengan mayor libertad a la hora de decidir sobre su entorno próximo, y el ayuntamiento sea capaz de observar cómo se organizan los ciudadanos, para premiar y dar soporte a las mejores prácticas.

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