primer periódico hiperlocal en España | año VII | 24 de septiembre de 2016
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Manuela, la castañera de la plaza San Ildefonso

Rescatamos hoy la semblanza de Manuela, una castañera del barrio de Maravillas, que apareció publicada en La Gran Vía en 1894. El fragmento se publicó en la sección Las esquinas de Madrid (bocetos populares), escrita por el periodista, dramaturgo y político canovista Carlos Frontaura.

Merece la pena no quedarse en el simple relato costumbrista y leer entre líneas lo que de retrato hecho de arriba abajo (de reflejo burgués de los tipos populares) tiene la descripción. Como era frecuente, el retrato elogia el estereotipo de la maja madrileña, mujer brava y de armas tomar, aunque desliza el tópico de las bajas pasiones como fruto de desgracia. Manuela es inculta –atentos a las cursivas-, violenta, y ha sido despedida de la Fábrica de Tabacos. Cuando el autor advierte al lector de que “no se crea que salió de la Fábrica por alguna cosa mala”, bien podría estar refiriéndose a que no fue por conflictos laborales, ya que la de tabacos fue la gran fábrica del XIX madrileño, y sus trabajadoras (entre 3000 y 6000 según el momento) uno de los colectivos más combativos de la ciudad.

El textito da también para poner sobre aviso acerca de las dificultades de las personas ocupadas en la venta informal, frecuente precisamente en aquella Plaza de San Ildefonso. No es casualidad que Manuela haya pasado por la Galera (la cárcel de mujeres) y haya tenido que hacer frente a multas.

Las esquinas de Madrid (bocetos populares)

Ilustración original de La Gran Vía (7/01/1894)

Ilustración original de La Gran Vía (7/01/1894)

Es curioso el estudio de las esquinas de Madrid, y el observador que tiene poco que hacer y ningún miedo a las pulmonías, puede pasar entretenido en ese estudio algunos ratos. Lo recomiendo a los cesantes, que son los más desocupados entre los vecinos de Madrid.

Hoy haremos conocimiento con Manuela, la castañera, que hace tres años ocupa desde Todos los Santos hasta fin de Marzo una esquina próxima a la plaza de San Ildefonso, siendo conocidísima en todo el barrio, donde tiene su reputación muy bien sentada. Como guapa, es muy guapa; madrileña de pura raza; si estuviera vestida como las señoras de nuestra hig-life, pasaría, sin dificultad, por una dama de gran fuste; pero con el vestido de tartán, el pañolón de muletón muy traído y el de lana a la cabeza, Manuela no puede parecer más que lo que es: una mujer del pueblo, muy trabajadora y muy echada pa alante, como dicen sus admiradores.

Antes de consagrarse a la honesta ocupación de asar castañas, Manuela, huérfana de padre y madre, fue gala del barrio de Embajadores, y una de las más distinguidas alumnas de la Fábrica de Tabacos, donde aun estaría si no hubiera sido porque fue despedida con intimación de no volver. Y, en efecto, no ha vuelto ni siquiera a aquel barrio. Pero no se crea que salió de la Fábrica por alguna cosa mala. Salió sencillamente porque supo que una compañera le ponía buena cara a un hombre de quien por aquel tiempo estaba ella prendada; que en esto del amor la mujer más fuerte, y lo era mucho Manuela, tiene que declararse vencida cuando le llega el cuarto de hora, y una tarde preguntó a la otra, en buenos términos y con todo comedimiento, si no se había enterado de que aquel hombre estaba comprometido con ella, cosa que todo el barrio sabía. Hubo de contestar la otra con frases irónicas, que una señora como la Manuela no puede oír sin que se le rebote la sangre, y oír la Manuela la respuesta y agarrar del moño a la otra, y emprender con ella a mordiscos y guantás, fue todo uno, arrojándola al suelo con unas fuerzas superiores, y aplicándola, en medio del taller, la azotaina más solemne de que hay memoria en aquel populoso barrio. Vinieron las celadoras, el Director de la Fábrica, los guardias del Orden, y a todos los calentó á bofetadas la intrépida Manuela, que en aquel día acreditó su bravura por modo tan singular, venciendo no sólo a su aborrecida rival, sino a tres o cuatro hombres con más barbas que San Antón.

Eso sí, tres semanas por buenas composturas, como ella dice, cuando cuenta su proeza, estuvo en la cárcel de su sexo, y hasta quince duros como quince soles la comieron los curiales, mal provecho les hayan hecho: pero el caso fue, que la compañera de la Fábrica no volvió a mirar a la cara siquiera al hombre por quien se interesaba la Manuela, y este afortunado mortal, que la cogió miedo, desapareció de la noche a la mañana, vendiéndose para la Habana el muy collonazo, y así se curó del amor la Manuela, que no se merecía ciertamente un ser tan mísero y pusilánime que le coge miedo a una señora, sólo porque ésta tiene la mano dura, y lo mismo azota a otra señora que deshace la cara a bofetada limpia al hombrón más forzudo que se le ponga delante.

Desde entonces la Manuela mira con soberano desdén a las mujeres y a los hombres. Ella dice con mucha gracia y sin ninguna vergüenza, el concepto que le merecen ellas y ellos, y si ustedes lo quieren saber, no tienen más que ir a preguntárselo, que la mujer no se muerde la lengua, y de franca se pasa.

— ¿Cuántas? ¡Calen titas! ¿Cuántas?
— ¡Eh! ¡muchachas! ¡Ahora salen las calientes!
—¡Calentitas! ¡que queman! ¡las calentitas!
Estos son los gritos con que llama repetidamente al público, ofreciendo su sabrosa mercancía. Tiene muchos parroquianos y no pocos pretendientes; pero ella, con una virtud ejemplar, rechaza toda proposición amorosa.
—¡Estoy muy desengañá!—exclama con cierta ironía amarga y añade, para acentuar más el estado de su ánimo en cosas de amor:—«¡A mí no me la pega ningún chato! ¡Los hombres! ¡Puaf! ¡ Qué asco de hombres!»
Cuando llega Abril la Manuela se coge los bártulos de asar castañas, y trueca este comercio por el de naranjas y limones, y más adelante vende espárragos de Aranjuez, piñones tostados, bellotas dulces y otros géneros de fácil salida.

Ya ha tenido en el tiempo que lleva en el barrio de Maravillas varios altercados, triunfando siempre materialmente, pero viéndose obligada a presentarse en el Juzgado municipal y sufriendo condena, y ya dice ella que pronto tendrá que irse del barrio, y ya sabe por qué; porque al señor Remigio, el de los betunes, llamado así porque es uno de los primeros limpiabotas ambulantes del reino, le tiene que tirar ella, a fe de Manuela, las tenazas a la cabeza, porque el tal señor siempre anda diciendo si ella tuvo a no tuvo con el que se fue a la Habana, y con otros, y como ella es una mujer de mucha conduta, eso no se lo pasa ella ni al lucero del alba que se metiera á chismoso y la quisiera poner en redículo. Seguramente que el mejor día leeremos en los periódicos que al señor Remigio, el de los betunes, le ha abierto la cabeza una castañera, porque la Manuela cuando ofrece pagar algo, es posible que no cumpla la oferta, pero cuando ofrece pegar a alguien, primero faltará el sol al día que ella a su palabra.

Carlos Frontaura.

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