primer periódico hiperlocal en España | año VII | 11 de diciembre de 2016
Seleccionar página

Mejía Lequerica, un catálogo de arquitectura en el barrio

Vista aérea de la calle | L.C.

Con un pie dentro y otro fuera del barrio, la calle Mejía Lequerica es puerta de entrada y de salida, en su momento al camino que llevaba a Hortaleza o a los terrenos de la cárcel del Saladero -en lo que en la actualidad es la vecina plaza de Santa Bárbara-; hoy, como línea difusa que nos mete en Chamberí.

La calle lleva curiosamente el nombre de un ecuatoriano. Filósofo, botánico y político, Lequerica vivió marcado por su condición de bastardo, que le tiraron a la cara en numerosas ocasiones. Estando en Madrid se topó con los acontecimientos de 1808 y luchó contra los franceses, tras lo cual tuvo que huir al sur vestido de carbonero. En Cádiz fue uno de los diputados americanos más activos, levantando la voz en contra de la Inquisicón y a favor de la libertad de imprenta. Allí, en Cádiz, murió a los 36 años víctima de la fiebre amarilla y aquí, en nuestras calles, tiene recuerdo uno de los pocos políticos latinomaericanos con vía propia en Madrid.

Paseo de la arquitectura

El patio del Palacio del Marqués de Ustáriz desde la azotea del 3 de la calle | L.C.

Si de algo puede presumir la calle es de diversidad arquitectónica. Existen en Mejía Lequerica varios palacios y edificios de importancia, algunos cubiertos hoy por mallas verdes de obra. A orillas de Hortaleza tenemos el Palacio del Conde de Villagonzalo, palacio residencia de finales del XIX, y en frente uno de los edificios más curiosos del barrio, la Casa de los Lagartos, gran inmueble entre modernista y racionalista por el que trepan unos reptiles que contrariamente a lo que el nombre por el que es conocido indica, son salamandras.

Uno de los edificios que más llama la atención de la calle es el ruinoso Palacio del Marqués de Ustáriz, casa palacio del XVIII que, al parecer, tenía interiores lujosos como pocos en el Madrid de su tiempo y unos preciosos frescos que, en teoría, deberían estar rehabilitándose.

Desde la azotea del número tres, por cortesía de Jacob, un vecino, alcanzamos a ver en el gran patio interior del palacio maquinaria, sin embargo las obras parecen avanzar poco en los últimos años y Jacob se teme que el inmueble esté sirviendo como almacén para las obras de otro edificio notable que está siendo rehabilitado justo en frente para alojar un nuevo hotel: el antiguo edificio de Papelera Española, en el número 8 de la calle. El palacio del Marqués de Ustáriz se vio recientemente involucrado en una trama de corrupción urbanística y tras absurdas intervenciones inacabadas en los últimos años, como la de subirle un piso, y usos tristes como servir de comisaría en la posguerra, sería bonito soñar con una rehabilitación del jardín para todos los vecinos.

Detalle de la puerta del Palacio del Marqués de Ustáriz |L.C.

Andando la calle cualquier paseante que haya conocido la zona tan sólo hace unos meses no podrá dejar de sorprenderse por el nuevo aspecto que ha supuesto para la zona el reencuentro de las calles Beneficencia y Barceló, tras la demolición del viejo mercado. La amplitud de la zona y el redescubrimiento de la Iglesia Catedral Anglicana y los palacetes anejos en Beneficencia cambian tan positivamente el paisaje del barrio que uno no puede dejar de temer los efectos visuales del nuevo mercado, aunque mercado tiene que haber.

El último tramo de la calle, el que cambia de dirección como un steak de hockey al llegar a Barceló, también tiene algunas fachadas llamativas, como el antiguo edificio de la empresa Uralita, hoy Área de Gobierno de Obras y Espacios Públicos y. sobre todo, el flamante albergue del número 21, que hasta hace pocos años era sede de los servicios municipales de educación y que es hoy escuela de arte dramático, albergue y escuela infantil; una moderna fachada estriada que viene a actualizar el amplio registro arquitectónico de la calle.

Los comercios de la calle

Jacob en el ascensor histórico de Mejía Lequerica 3 |L.C.

Jacob lleva treinta y tres años viviendo en Mejía Lequerica. Todos sus años. Con él hacemos un paseo por la calle, por sus tiendas, fachadas y recuerdos. Una visita que nos lleva a ver la calle a ras de suelo y desde la azotea de su casa, en el número cinco.

La cestería de la esquina con Apodaca |L.C.

De toda la vida recuerda Jacob Patrimonio Olivarero, en el número uno de la calle, que pese al remozado que sufrió hace unos años deja entrever el poso de un local con tradición, como la enorme ferretería de enfrente, Hijos de E. Sainz, establecimiento centenario que -este sí que de ninguna manera – no puede ocultar su condición de comercio “de toda la vida”.

En el resto de la calle los establecimientos cambian a velocidad de vértigo, seguramente por el atractivo que tiene la vía: ancha, abriéndose al coqueto barrio de Chamberí. Jacob nos cuenta que hace no muchos años abrieron tres tiendas de Hugo Boss en la zona, una en el número 3 de la calle. Nadie entendía tal explosión de ‘lujo’ en el barrio, hasta que poco tiempo después se conoció el proyecto de nuevo mercado en Barceló. Los vecinos dieron por hecho entonces que alguien había recibido un soplo, pero el retraso en la ejecución del proyecto dio al traste con las tiendas. Justicia poética.

Jacob echa mano de su memoria y de lo que le han contado sus padres y recuerda que en el número 3 había una costurera, y al lado, en el lugar de lo que hoy es una perfumería, un sastre. De la cestería de la esquina con Apodaca aún resiste medio rótulo. Jacob no puede evitar esbozar una sonrisa cuando vemos en el rótulo de un bar señalado un “1941” – “ni mucho menos, ahí estaba el bar la Serrezuela” – recuerda.

Con sus muros a la expectativa y sus tiendas en continua renovación, desde Mejía Lequerica se pueden escuchar los acordes rockeros de Malasaña y el bullicio de la chavalería de Alonso Martínez. Un camino hacia dos barrios.

Publicado por

Gran recogida y venta de ‘rejuguetes’ en el Dos de Mayo para ayudar a África

10:01