primer periódico hiperlocal en España | año VII | 5 de diciembre de 2016
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Calle del Molino de Viento, de jolgorio a la colina

Una de las colinas de Madrid | L.C.

Señoras de edad, reponedores de comercios y las furgonetas de reparto más cargadas comparten la fatiga de subir la gran cuesta que componen la plazuela de Carlos Cambronero y la calle de Molino de Viento desde Pez hasta don Felipe.

El Molino que da nombre a la calle coronó en tiempos una de las colinas de Madrid, lo describen como de grandes aspas y perteneció a los terrenos de don Luis Valle de la Cerda, contador mayor del Consejo de Cruzada, a quien ya pertenecían estas tierras en torno al 1600. Posteriormente los terrenos -con molino incluido- pasaron a manos del convento de San Plácido. Hubo durante mucho tiempo allí una fuente –sin duda del viaje de agua del Alcubilla – que uno imagina también lugar de peregrinación costosa por la pendiente.

Pero parece que el molino en cuestión era bien conocido entre los madrileños de la época, y que incluso fue el centro de unas fiestas populares a las que cedió su nombre –“del molino de Viento”- que han llegado hasta nosotros a través de la literatura.

Miguel Herrero García en su volumen de Madrid en el teatro habla de las fiestas del siglo XVII que luego se representaban en los populares entremeses, culpables de que podamos hacernos una idea de aquellos antepasados directos de nuestras verbenas. Aventura incluso que en el lugar del molino debió haber antes una ermita dedicada a Santa Bárbara, porque todas estas fiestas tenían el origen en una .

Un molinillo de viento en un balcón de la calle | L.C.

El autor lo identifica con el “Molino de la pólvora” que nombra Calderón en su comedia Fuego de Dios en el querer bien, donde se habla de que era conocido en Madrid por estar prohibido encender luces en su interior.

Pero tenemos un testimonio más directo en El entremés del Titeretier de Francisco de Avellaneda. En él sale a escena una giganta “la Flamenquilla”, que busca en Madrid marido de su tamaño. El Titeretier o prestidigitador trae por arte de magia al Molino de Viento, representado por un cómico con unas alas en las que el público reconocía el edificio y le dice:

“Todo el molino de viento
Ya por consorte tenéis”

Y respondía el Molino:

“Pájaro con alas soy;
De ollas y puchero
Fénix de Alarcón”.

No se conserva ninguna descripción de la fiesta pero por analogía podemos pensar que sería similar a las de El Trapo (o El Trapillo) y a las de El cerrillo de San Blas, más documentadas. Lope habla de las monumentales borracheras propias de las primeras, que se celebraban el día de San Marcos. Nobleza y vulgo se mezclaban en una jornada exuberante de botas de vino, comida, bailes y alboroto.

Con el tiempo, la calle se convirtió en zona de artesanos, y andando los años y creciendo el caserío del siglo XIX, tan típico del barrio, en territorio de lumpen. En ella vivió Francisco Villaespesa con una mujer llamada María, en un ambiente que Cansinos Asséns describe como de “bohemia mísera”. Ya cansado y tras haber frecuentado el desprecio de la crítica el poeta modernista conoció el éxito teatral con la obra El alcázar de las perlas (1911), que escribió para la compañía de María Guerrero. Con el teatro pudo el mísero escritor codearse con las señoras de perlas de la época y juntar un dinerillo para abandonar el chiscón de la calle y mudarse – según cuenta Asséns -a la calle Mendizábal “donde vivía Baroja”.

Hoy la calle, como sus hermanas paralelas de cuadrícula, padece de esa terrible enfermedad que sufren las calles traseras, a las que se les van muriendo los comercios, tupiéndolas poco a poco de cierres con óxido y pintadas. Ya nadie festeja comilonas en la colina.

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