primer periódico hiperlocal español | año VIII | 29 de junio de 2017

No (sólo) son los hipsters ni los guiris

La explicación sencilla de la gentrificación permite la relativización del fenómeno, al presentarlo como un fenómeno cultural antes que económico, pero además rehuye la responsabilidad de las administraciones

Cartel de una farmacia de Fuencarral, en varios idiomas | SOMOS MALASAÑA

Cartel de una farmacia de Fuencarral, en varios idiomas | SOMOS MALASAÑA

Durante los últimos años hemos leído centenares de artículos sobre gentrificación. En todos ellos se empezaba explicando, mal que bien, el extraño palabro (hoy no lo haremos, remitimos a este artículo de 2012 donde ya lo hicimos). A continuación, se daban más o menos vueltas para centrar la mirada en el hipster y, en muchos casos, relativizar la gravedad de los cambios culturales asociados: al fin y al cabo, ¡el barrio estaba más bonito!

El problema de este enfoque es que confundía gentrificación (cuyo centro está en que se produce desplazamiento, y que es en sí mismo negativo) con algunas cosas que podrían presentarse (o no), acompañando al proceso, como las políticas de rehabilitación urbana.

Según el relato, las famosas clases creativas que describiera Richard Florida (sí, esos obreros-publicistas de Mac de los cafés de Malasaña) actuaban como una suerte de pioneros, una bomba inestable de capital cultural cuya explosión pondría de moda el barrio, ocasionando una subida de la demanda de vivienda y un encarecimiento de los precios que acabaría por expulsar a los vecinos.

Y sí, esto sucede, pero el cuadro queda un tanto impresionista con las ausencias en estos artículos de otra serie de factores de gran importancia en la cadena causal de la expulsión vecinal: las políticas públicas o la acción decidida de grupos inversores. Neil Smith, autor de uno de los libros que puso sobre la mesa el debate lo explicaba así en una entrevista:

Hay una enorme asimetría entre el poder que tienen las grandes corporaciones capitalistas en el mercado y el “poder” de alguien que trata de alquilar un piso con un salario medio. Así que, si bien la cuestión de los patrones de consumo no es en absoluto irrelevante, sí es secundaria en comparación con el desmedido poder del capital.

Pongamos cada cosa en su lugar y según su capacidad de influir en la configuración de la ciudad, por favor.
Sólo en los últimos tiempos, los artículos aparecidos en prensa han empezado a señalar con el dedo a otros agentes gentrificadores. Los centros ‘turistificados’ de las grandes ciudades antes que a los hípsters deben temer a los guiris.

Con más retraso que en otras grandes capitales, el Efecto Airbnb parece haber llegado al centro de Madrid. Se conoce de esta manera al proceso por el cual, en un barrio altamente turístico, muchos de los pisos dejan de ofertarse para alquiler habitual y pasan a formar parte de la oferta ocasional y turística (típicamente en plataformas tipo AirbnB). Lo que sucede entonces es que se reduce la oferta de pisos disponibles en el mercado y los que quedan suben sus precios, propiciando que mucha gente, llegado el final de sus contratos de alquiler y no pudiendo afrontar las importantes subidas, se vea abocada a desplazar su residencia a otro barrio más barato. En el extremo del proceso, encontramos barrios en los que apenas hay oferta, de manera que, independientemente del precio, es muy difícil vivir allí. En algunos lugares de Barcelona o de Palma de Mallorca ya está pasando.

El Efecto Airbnb puede parecer novedoso, el daño colateral de una economía innovadora que cae súbitamente sobre nuestras cabezas, pero lo que subyace no es más que el viejo debate entre la regulación del mercado y el laissez faire. Y una vez más constatamos que la mano invisible, desatada a su capricho, no proporciona el mejor de los funcionamientos posibles para cubrir las necesidades básicas de todos los miembros de una comunidad (y todos ellos precisan de una vivienda: se trata éste de un derecho fundamental).

Como siempre, aquí nos quedamos con lo peor de los dos mundos. Mientras que en Inglaterra, lugar donde se han fijado numerosos partidarios de la liberalización del mercado inmobiliario, existen ayudas para el alquiler de las familias según su renta y hasta un 25% de vivienda protegida, en algunos barrios céntricos de Londres, aquí se acabó con la vivienda protegida en tiempos de Ana Botella. Es más, se liquidó el parque público, con ventas a fondos buitres que aún colean y que algunos vecinos de la calle de la Madera conocen bien.

Lo cierto es que la explicación sencilla -la hipsterización– permitía la relativización del fenómeno, al presentarlo como un fenómeno cultural antes que económico, pero además rehuía la responsabilidad de las administraciones y el feo juego de connivencia con los agentes económicos. Reconozco que el estereotipo del hipster me es personalmente odioso, lo que me ayuda a entender por qué esta explicación era tan popular y amigable. Pero hay que reconocer que no se trataba (sólo) de eso.

Los grupos inversores que compran inmuebles enteros en Malasaña tienen una responsabilidad mayor que los hipsters (y recordemos que en la trasera de la Gran Vía algunos lo hicieron antes incluso de su revalorización: de eso se trataba). Quienes elaboraron la Ley de Fomento del Alquiler (2013), que desliga las subidas de los precios del IPC, también tienen una responsabilidad máxima. Y quienes tienen el deber de regular, vigilar y hasta limitar el funcionamiento de los apartamentos turísticos tienen gran culpa en la gentrificación del centro de Madrid, por acción u omisión.

De igual forma que no son (sólo) los hipsters los que antes nos echaban de nuestros barrios, tampoco son (sólo) los turistas quienes lo hacen ahora. Exijamos responsabilidad a la administración, a los agentes privados y articulemos redes vecinales de acción contra un fenómeno que no debe ser mirado nunca más (sólo) como una curiosidad antropológica porque atenta contra un derecho básico, el de la vivienda.

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No (sólo) son los hipsters ni los guiris

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