primer periódico hiperlocal en España | año VII | 10 de diciembre de 2016
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Nuestro esquinazo en la Glorieta de Bilbao

El esquinazo de la glorieta pegado al barrio | L.C.

Allá donde confluyen Fuencarral, Carranza, Sagasta y Luchana se abre la glorieta de Bilbao. Se llamó así en 1837 en honor de la ciudad invicta durante la Primera Guerra Carlista. A la hora de leer textos del siglo pasado hay que tener en cuenta que hubo antes otra plaza de Bilbao: la que hoy se llama de Vázquez de Mella.

A la puerta que allí hubo se la conocía como Puerta de Bilbao, de San Fernando (por la proximidad del Hospicio), o de los Pozos de Nieve. Fue levantada en 1767 y duró hasta 1865. Era una puerta sencilla de granito con vanos en los laterales para los viandantes. A ella llegaba la carretera de Francia y allí acababan la calle de Fuencarral…y el mismísimo Madrid. Antes de esta puerta hubo otra, construida en 1625, situada en Fuencarral a la altura de Divino Pastor, pero en 1690 se levantó la finca de Monteleón y la puerta de la ciudad se movió al norte para que ésta quedara intramuros.

Cuando Madrid se quitó el corsé de la tapia nació la glorieta, hasta ese momento las arboledas que había en la zona se utilizaban como zona de ocio. Los Jardines de Apolo estuvieron en el siglo XIX entre las calles Divino Pastor y Manuela Malasaña, pegando a Bilbao. Allí se paseaba previo pago de la entrada en los meses de buen tiempo, se asistía a espectáculos y se practicaban las hoy desfasadas artes del galanteo. También cerca de Bilbao quedaban otros merenderos -estos fuera de la cerca- conocidos como El Bosquecillo, resultado de haber adecentado el conocido campo del Tío Mereje, una zona sucia con yeserías y tejares que llegaba hasta la actual plaza de Alonso Martínez.

De los Pozos de nieve ya hablamos en otra ocasión. Empezaron a construirse en 1607 y ocupaban desde la actual Glorieta de Bilbao hasta la calle Barceló. A la puerta llegaban las recuas cargadas con nieve de la sierra (estaba reglamentado que solo pudieran entrar a Madrid por aquí para evitar el contrabando). Eran cuevas y piscinas que conservaban la nieve mezclada con paja, que se vendía para hacer agua de nieve, agua de cebada, limonadas…

De ser entrada y salida de la ciudad la glorieta pasó en seguida a ser un importante centro de tránsito y vida. Los puestos de bebidas que habían proliferado desde antiguo por la cercanía de la nieve se fueron convirtiendo en cafés y cervecerías. A partir de los años veinte la parada del metro de la primera línea (el tranvía ya pasaba por allí) la convirtió en un ajetrado nudo de paso.

Además del viejo Café Comercial, del que hablaremos en un momento, hubo en tiempos otros cafés importantes que no han sobrevivido al paso de los años, como El Europeo, en la esquina de Fuencarral con Carranza, donde Jardiel Poncela pasaba los días escribiendo. Donde hoy hay unos salones recreativos estuvo La Campana, cervecería conocidísima donde abrió tertulia Manuel Machado. En el número 3 de la plaza (en el mismo sitio donde había estado el teatro Benavente y que luego se llamaría Parisina) estuvo Ideal Room, donde se alargaban las madrugadas hasta cerrar con el  Souper-Tango, número estrella basado en el baile argentino pero cargando las tintas eróticas. Cerró en 1932. Más recientemente desapareció también el Yucatán, popular cafetería que incluso valió para bautizar a la pandilla de los Trueba y Ladoire en sus primeras andanzas cinematográficas.

La fuente que vemos hoy en el centro de la glorieta lleva solamente allí desde el año 2007. Durante mucho tiempo – y hasta 1960 – el monumento que dominaba en Bilbao era la estatua de Juan Bravo Murillo, ministro de Isabel II que llevó a cabo las obras del primer Canal de Madrid. Hoy se puede ver junto a los depósitos de Canal, en la calle que lleva su nombre. Otra estatua que figura en algunas fotos de la glorieta es una de Lenin – de 12 metros de altura nada menos – colocada en 1937

Nuestro trocito de Bilbao: el esquinazo del Comercial

El abigarrado quiosco frente al Café Comercial

Mucha de la gente que espera a sus citas a la salida del metro se entretiene curioseando las películas del quiosco, que ha expandido sus dominios con mesas que sostienen miles de dvds y vídeos de los que regalan los periódicos, clasificados con empeño bibliotecario. Un punto de encuentro de coleccionistas frente al comercial y frente al elegante edificio blanco de Seguros Ocaso también, en la entrada de Manuela Malasaña. En el lugar del edificio hubo antes un teatro Maravillas (ha habido hasta tres) y un barracón de cinematógrafo. La plaza de Bilbao es Chamberí, salida del barrio, pero no cabe duda de que este esquinazo es nuestro.

El Café Comercial abrió en 1887, aunque su aspecto actual es el resultado de la reforma que sufrió en los años cincuenta. En él han saboreado sus chocolates con picatostes y ensuciado alguna cuartilla los José Hiero, Blas de Otero, Ángel González, Celeya, Pérez Reverte

El universo del Café Comercial se debate en 2012 entre enrocarse sobre su solera y abrirse al siglo XXI (tienen hasta cuentas en facebook y twitter), dando lugar a algunos paisajes interiores de lo más diversos, a veces un tanto marcianos: el piso de arriba, que aúna viejas mesas de juego (antaño vetadas a las mujeres) y la atmósfera de paso del cibercafé que aloja, se transforma en lugar de ambiente cabaretero los jueves y sábados con los monólogos de Madame Gimeno; los camareros de elegante chaquetilla que hoy pueden llevar pendiente; los señores de barba blanca que leen, anotan y apuran su café, el guiri, el joven profesional liberal con su macintosh, los chavales que toman las primeras copas, las señoras con laca, los churros con chocolate a la salida del cotillón, la pizarra de los cafés ‘sospeso’

Al traspasar la pesada puerta giratoria del Comercial uno puede imaginar las mil vidas de la glorieta, siempre jaleosa. Al revés de esos vídeos en los que el lugar permanece y son los viandantes los que hacen cambiar el escenario, se podría ver en esta plaza un continuo de agitación popular y tránsito, con los elementos inanimados entrando y saliendo de la película. Una glorieta donde ya no pasan tranvías sino autobuses, donde ya no existe el viejo urinario público ni las estufas populares para pobres de principios del XX, donde ya no se ven con frecuencia los coches fúnebres camino de los cementerios de Chamberí. Donde hoy hay exceso de entidades bancarias y coloridos lugares de juego. Donde hay siempre gente.

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