primer periódico hiperlocal en España | año VII | 27 de septiembre de 2016
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O Compañeiro sirve su último yayo

Manolo y Mari, en O Compañeiro | RAQUEL ANGULO

Manolo y Mari, en O Compañeiro | RAQUEL ANGULO

Hay una Malasaña que se está marchando. Lo lleva haciendo mucho tiempo pero en este último verano ha acelerado su adiós. Es la que se puso en marcha hace más de tres décadas y que, comercio a comercio, va cerrando por jubilación. A ella pertenecían locales como El Parnasillo, la Cervecería Noviciado, Bodegas Rivas o el Chamizo, ya cerrados, y también la Casa do Compañeiro (C/ San Vicente Ferrer 44), que este fin de semana se despedirá de sus últimos clientes.

El matrimonio lucense que regenta el local, Mari y Manolo, se jubilan después de mucho tiempo pensándoselo. Ella, a sus 69 años, cuenta lo mucho que le pesa trabajar a su edad hasta altas horas de la noche: “Para dedicarte a la hostelería tienes que ser joven”, afirma mientras recibe miradas de sorpresa al otro lado de la barra. Justo antes acaba de decir que este fin de semana -como los anteriores- cerrará el bar a las 2.30 de la madrugada. “Cuando entras al bar ya no sales en todo el día. Hay jornadas que me paso aquí 16 o 17 horas”, detalla.

María era bien joven cuando cogió el traspaso del O Compañeiro. Contaba 21 años y Malasaña era bien distinta a la actual: “Entonces cerrábamos a la medianoche. Nos cogíamos unas tortillas y nos íbamos con otros comerciantes al quiosco de la plaza del Dos de Mayo para cenarlas con bebidas que comprábamos allí”. Esta noche la cena será en su casa, unos números más abajo de la calle. Porque las costumbres cambian y los barrios también.

Lo que se ha mantenido imperturbable a lo largo de los 48 años de apertura del local es la edad de muchos de sus clientes: “Jóvenes, muchos jóvenes. Eso es para mí lo mejor de este trabajo, estar con la juventud, que es maravillosa”, explica Mari con un punto de emoción. Universitarios de antes y de ahora han pasado por el local de San Vicente Ferrer para probar sus laconadas, su pulpo y su caldo gallego. Siempre bien regados con ribeiro, albariño o vermú. Aunque su bebida estrella podía ser el yayo, esa adaptación del vermú madrileña a la que se le añade un toque de ginebra.

[Así se comía y bebía en O Compañeiro: lee aquí la crítica que le hizo el blog Malasaña a Mordiscos]

Mari, junto a su antigua máquina registradora | RAQUEL ANGULO

Mari, junto a su antigua máquina registradora | RAQUEL ANGULO

Siempre dicharachera al otro lado de la barra cuando se le daba cuerda, Mari nos habla de los detalles históricos de su bodega, que tiene la distinción de histórica por haber sido abierta en el año 1920. Entonces se fundó con el nombre de Felipe Marín y hermanos, época de la que datan sus preciosos azulejos de la fachada y algunos de sus elementos interiores. Muchos años más tarde, en 1967, llegaron María y Manolo, que al principio arrendaron en local y luego acabaron comprándolo, después de muchos trabajo.

De más allá de los años sesenta data la máquina registradora que ya no funciona pero que el local guarda con mimo en una de sus esquinas. Mari posa junto a ella sin saber todavía qué hará con esta reliquia cuando cierren, ajena a su valor económico actual pero apegada a ella por lo sentimental. La clausura del O Compañeiro será la semana que viene, según el acuerdo al que han llegado con sus nuevos gestores, unos jóvenes que al parecer quieren mantener la esencia del local pero renovando su carta y su nombre. Será entonces cuando su actual propietaria, veterana camarera, pueda dedicarse “a pasear, hacer compras, mirar escaparates… cosas que hasta ahora no podía hacer porque no tenía tiempo; ahora podré ir sin prisa a los sitios”, dice con sencillez.

Así era la Casa do Compañeiro (imágenes de Raquel Angulo):

Bodegas Rivas no volverán de vacaciones

Bodegas Rivas, cerrado | SOMOS MALASAÑA

Bodegas Rivas, cerradas | SOMOS MALASAÑA

Tres años después de que se pusiera en marcha O Compañeiro echaba a andar al otro lado de San Bernardo las Bodegas Rivas (C/ Palma 61), un local que este verano ha puesto fin a su actividad, después de un traspaso que sus propietarios cerraron mientras en el exterior colgaba un cartel que rezaba “Cerrado por vacaciones”.

En este caso se desconoce cuál será el futuro de otra de las bodegas históricas de Malasaña, adquiridas por un empresario con varios negocios en la zona, ni si conservará el grifo histórico que mostraba en su escaparate o las enormes tinajas que almacenaba en su sótano.

El cierre de Rivas se une al de otros establecimientos de alimentación con más de 30 años en el barrio, como la Carnicería Teófilo (C/ Espíritu Santo 28), donde Celia y Teo despachaban hasta este verano en el que han dejado el local por la actualización de su renta antigua, o la Charcutería Garcisán (C/ Luna 18).

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