primer periódico hiperlocal en España | año VII | 9 de diciembre de 2016
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Vender sexo en Madrid: pequeña historia de la prostitución

Una prostituta en la calle del Desengaño | L.C.

Mujeres de distintas nacionalidades apoyan sus espaldas desde primera hora del día en algunas de las calles aledañas de Gran Vía, en el barrio. Después de unas cuantas vidas y remodelaciones, las calles de Ballesta, Desengaño, Loreto y Chicote, la plaza de la Luna o Barco, siguen siendo calles de putas, recogiendo una tradición de historias tristes que trataremos de retratar hoy en un breve recorrido por la historia de la prostitución y su consideración legal durante los últimos siglos.

Las primeras ordenanzas

La reglamentación de la prostitución viene de muy atrás, en Castilla al menos desde tiempos de Alfonso XI (s. XIV), y en Madrid debemos fijarnos en el Pregón General para la gobernación de esta Corte, donde se establecían a principios del siglo XVII las reglas de la prostitución en la ciudad. Se determina que los prostíbulos deben concentrarse en el barranco de Lavapiés, y que la actividad de las prostitutas debía ejercerse “en casa pública y sin dependencia de rufianes”.

Aparecen por aquel entonces las revisiones médicas por primera vez (los cirujanos de la Cárcel de Corte visitaban periódicamente el barranco) y se prohíbe trabajar a las mujeres con enfermedades venéreas. El reglamento enumera además muchos detalles, tales como la responsabilidad del padre o madre de la mancebía, los aranceles a pagar por parte de estos, la prohibición de portar armas o vender bebidas en los burdeles…

Existían también unos requisitos muy concretos para ser prostituta, como ser huérfana, no ser noble, tener al menos 12 años y haber perdido ya la virginidad.

La prostitución fue prohibida legalmente en algunas épocas y Felipe IV lo hizo hasta en tres ocasiones, por supuesto sin ningún resultado práctico. Sería, como veremos, a mediados del siglo XIX, cuando volverían, de la mano de las corrientes higienistas, los aires reguladores a la prostitución, legislados a favor de los vientos que soplaban en buena parte de Europa.

Las Recogidas

A partir del siglo XVI empiezan a aparecer centros de reclusión para mujeres públicas, conocidos como casas de recogidas para arrepentidas, erigidas con la intención de regenerar a estas mujeres a través del trabajo y la oración. Se consideraba a la mujer el sexo débil, un ser virtuoso pero fácilmente corrompible, el paternalismo patriarcal estaba detrás de estos centros femeninos.

El Hospital de Mujeres Perdidas, o de Santa María Magdalena, estuvo en la calle de Pizarro durante un tiempo y se trasladó a la calle de Hortaleza en 1623. Aún hoy, podemos ver, aunque muy modificado, el convento de franciscanas en el que se situó, convertido en sede de UGT.

Muchas veces, estos centros acogían también durante el embarazo a mujeres que iban a dar a luz hijos ilegítimos (en los hospitales había también salas para partos vergonzosos). Desde 1766 un piso alquilado en la misma calle de Hortaleza, cerca del convento, sirvió a esos propósitos.

Los siglos XIX y XX

Cuenta la prensa que a finales del XIX una pobre mujer calva, confundida con un transexual o quizá con un travesti, fue apedreada por la multitud en la calle de Fuencarral y casi muere en la lapidación. Esta historia habla no sólo del prejuicio violento hacia la diversidad sexual, sino también de la vida dificultosa de las trabajadoras del sexo en aquel Madrid.

Las cifras de la prostitución explotan en una capital de miseria en crecimiento. La prostituta es tratada dramáticamente con frecuencia en la literatura naturalista, por los Zola, Tolstoi o Baroja aquí, que las describe raquíticas, mal nutridas y víctimas de su origen humilde.

Es el destino de numerosas criadas, lavanderas o modistas. En un Madrid que no era indutrial ni centro de comercio, los trabajos disponibles eran pocos y mal pagados, especialmente para las mujeres. Los salarios femeninos (una costurera ganaba 1,50 pesetas diarias) no servían más que como complemento de la paga del obrero, lo que ocasionaba que, cuando el marido faltaba, la mujer no tuviera modo de mantener a su familia.

A finales del XIX había unas 300 mancebías en Madrid y 34.000 prostitutas, de las cuales sólo un par de millares estarían inscritas en el Registro de Higiene Pública que existía. Las prostitutas registradas podían vivir como huéspedes en las mancebías o ejercer libremente su trabajo. A estas últimas se las conocía como carreristas. Las descripciones que existen del transcurrir en los prostíbulos hacen pensar que la vida de aquellas pupilas era de auténtica esclavitud, y las condiciones en las que vivían, ninhumanas.

Muchas de las calles del centro estaban ocupadas por estas casas de citas. Es el caso, por ejemplo, de la calle de Ceres, actual de Libreros, que Baroja dice en Aurora Roja que “justamente podría llamarse la calle del Amor”

La vida de la carrerista era más libre, aunque igualmente mísera y expuesta a palizas y a acabar sus días, como frecuentemente reflejan los papeles, asesinada. Es en este punto cuando aparece la siniestra figura del chulo, personaje señero de los bajos fondos madrileños.

Un vistazo a los nombres de los registros dan idea de que aquellas mujeres no se inscribían con sus nombres reales sino con los de guerra: La Minuto, La Cacharrito, muchas Floras, Palmiras, Raquel… Junto a estos aparecía la edad y los resultados de los reconocimientos médicos (se habían de someter a dos cada semana). En caso de enfermedad se las mandaba a la sala de venéreas del Hospital de San Juan de Dios.

Darse de alta como prostituta reconocida era sencillo si se contaba con 25 años.. .pero borrarse de dicha lista resultaba prácticamente imposible, abocando a morir prostitutas y a pagar por ello impuestos a quien grabara allí su nombre. Como hemos dicho, de todos modos la prostitución clandestina era la más frecuente

Tras la reglamentación de la prostitución en la segunda mitad del XIX en toda Europa, con el nuevo siglo llegaron desde Inglaterra los vientos del abolicionismo, que culminarían con un decreto en 1935, durante la Segunda República. En España, a diferencia de otros países, no existió al frente un movimiento feminista fuerte, aunque sí algunos nombres señalados como el de Concepción Arenal.

Después de la Guerra Civil, llegó una sociedad que relegaba a la mujer a su papel virtuoso de ángel del hogar y la sexualidad al oscurantismo, pero – claro es – el mercado del sexo no desapareció, sino que más bien se tiñó de los tonos de la doble moral de aquella España. Tiempos de estraperlo, miseria y casas de citas. Después de la contienda muchas fueron las mujeres de las clases trabajadoras que enviudaron y se vieron obligadas a prostituirse. La prostitución fue consentida y hasta reglamentada con exámenes médicos hasta 1956 en el interior de los burdeles, mientras que la callejera fue severamente reprimida. A partir de esta fecha el destino de las prostitutas era el de que se las rapara la cabeza y se las confinara en celda. Los burdeles legales cerraron y aparecieron subterfugios como las barras americanas o las queridas con pisito para las nacientes clases acomodadas.

Hoy la prostitución tiene en España un extraño estatus, por el que más de 300.000 personas desempeñan una actividad que no es legal ni ilegal, aunque existe a la vista de todos en las páginas de los periódicos y en las calles. El debate entre la reglamentación y el abolicionismo sigue tan vivo como en los dos siglos anteriores entre las distintas corrientes del movimiento feminista.

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